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| Conversación Barcelona, 23 y 24 de febrero de 2008 Preparando la conversación, tres preguntas a ... | Precariedad del vínculo social
Para preparar la Conversación Clínica, la comisión de Organización ha realizado tres preguntas, cada vez dsitintas, sobre el tema que nos convoca a diversos docentes y colaboradores de las actividades del ICF en ESpaña. La conversación con el psicótico ^INICIO Tres preguntas a Vicente Palomera El tratamiento de las psicosis supone un modo peculiar de conversación, porque es una conversación sobre lo innombrable del goce. Supone también un trabajo de traducción del goce enigmático que presenta al sujeto como exceso o como falta. En este sentido, el tratamiento de la psicosis es una conversación que le permite al sujeto nombrar aquello que excede a la significación. La conversación con el psicótico ^INICIO Tres preguntas a Mercedes de Francisco Tendemos a creer que nos hemos sumergido en esta nueva perspectiva cuando hacemos nuestro el término "psicosis ordinaria" y, sin embargo, podemos estar usándolo a la manera en que usábamos el diagnóstico diferencial que, hasta hace bien poco, ha sido nuestra brújula. 2. En el texto de presentación de la Conversación, tú y Vicente escribís que "dichas psicosis hacen posible unas formas de la existencia más corrientes y modestas que las psicosis clásicas". ¿Podrías decirnos algo más sobre este punto? Los fenómenos que afectan al sujeto cuando consideramos que nos encontramos frente a una psicosis ordinaria no son tan nítidos y claros, tan evidentes como cuando estamos ante un paranoico, un esquizofrénico, etc. Ni podemos encontrar el desencadenamiento a la manera clásica, ni los trastornos del lenguaje son evidentes (a la manera del neologismo), ni encontramos un delirio claro, ni el tipo de relación con el cuerpo es nítida. En estos casos, el sujeto ha encontrado una fórmula para que estén anudados los tres registros RSI. En muchos casos una identificación imaginaria lo sostiene, en otras un vínculo con un partenaire, en otros casos una tarea o labor muy propia es la que les permite sostenerse discretamente en esta vida. Generalmente los sujetos nos llegan cuando este enganche se ha visto cuestionado o se ha tambaleado, una ruptura amorosa, un problema en el trabajo, un problema en el cuerpo, etc. Hablar para cada uno de nosotros lo podemos considerar en sí mismo un trastorno del lenguaje. Jacques-Alain Miller (1) nos señala que a partir del Seminario XX para Lacan el lenguaje se descompone en dos partes correlativas: lalengua y el lazo social. Nuestra relación a lalangue se pone en orden cuando es captada en el tejido de un lazo social. Y es por ello que cuando se trata de una psicosis ordinaria la tarea en la transferencia es, aceptando la maestría del psicótico en relación a lalangue, hacer una elaboración de saber que le permita construir un lazo social, estar inmerso en un discurso. Es importante tener en cuenta que los vínculos que se ofertan en nuestras sociedades son distintos al lazo social que propone el psicoanálisis. Este lazo social al que nosotros hacemos referencia se teje con el material que aporta la particular relación del sujeto a lalangue. Este tejido lo suponemos menos precario pues se sostiene en los significantes propios de su lalangue. En general, la precariedad que encontramos en los vínculos de estos sujetos es debido a que se trata de enganches que se sostienen en referencia a un Otro social y a sus significantes que sirven para todos y que le alejan cada vez más de los propios. Con respecto a la práctica actual en los CPCT creo que es importante como nos vamos familiarizando con la idea de fabricación, bricolage, uso, en relación a la transferencia y a donde debe apuntar la interpretación. Estos no son términos exclusivos para abordar la psicosis ordinaria, sino que nos sirven para entender la topología borromea que nos lleva a considerar al ser parlante como este anudamiento de los tres registros RSI (Real, Simbólico e Imaginario) y a considerar la clínica aplicada a los problemas que surgen con los "desenganches" en este tipo de anudamiento. Frente a la psicosis ordinaria nos hemos visto abocados como analistas a tener suma "docilidad" y hacer un esfuerzo en el aprendizaje de lalengua del sujeto; nuestra intervención se realiza desde el lugar del no saber, puesto que la maestría está del lado del sujeto; y hemos hecho, también, un trabajo de sostén para que el sujeto pueda desenvolverse frente a ese Otro social que se le presenta como un Otro gozador. En relación a esta tarea de sostén conviene tener presente que estar "socializado" y llevar "una vida social" no quiere decir entrar o construir un lazo social. Mantener clara esta diferencia y trabajar desde ella, nos permite alejarnos de una deriva "socializante" que nos aleje del discurso analítico. Ahora, el analista es el que "sabe hacer ahí" con el saber que el sujeto nos presentifica, con esos significantes tan intransferibles y esa lengua especial. Como decía en la primera respuesta es evidente que la relación con lalangue no es patrimonio de lo que podemos considerar psicosis, sino que nos hace iguales entre sí a todos los seres hablantes, por ello creo que la incidencia en la clínica será fundamental también en las neurosis e inevitablemente en el psicoanálisis que tenga como producto final un analista. Somos iguales y se trata de variaciones en la respuesta que todo sujeto da al goce y a la muerte. El lenguaje es el intento de normalizar lalengua anudándola al lazo social. En el libro de psicosis ordinarias podeis leer un referencia a la escritora Colette que es un ejemplo magnífico de esto que decimos, nos relata el uso que para ella tuvo el significante presbytère (lalangue) antes de que tuviera que aceptar su uso enmarcado en un lazo social, un uso compartido con los otros. Creo que lo que podemos enseñar al Otro social es que para que estos sujetos puedan orientarse en la elección y en el uso de lo que la sociedad les oferta, necesitan organizar un lazo social sustentado en lo más propio. (1) Jacques-Alain Miller y otros. Las psicosis ordinarias. Editorial Paidós. Buenos Aires 2003. Continuidad y discontinuidad en las psicosis ordinarias ^INICIO Tres preguntas a Mónica Marín Cuando falta el punto de basta lo que aparece es la nebulosa, y entre uno y otro, hay una gradación en la que situar las desconexiones o los desenganches. Es pues una clínica del síntoma y no de los síntomas, para la que Miller nos dice que más que de un concepto, se trata de hallar una expresión bien formulada. 1. discontinuista / estructuralista / si o no NP/ desencadenamiento 2. continuista / borromeana / amotníS = NP / desenganche 2. La profusión actual de diagnósticos que siguen el DSM hace cada vez más difícil distinguir entidades clínicas precisas. ¿Hasta qué punto te parece que algunas de las discapacidades o trastornos descritos como deficitarios esconden hoy, en su aparente continuidad con estas descripciones, casos de psicosis ordinarias? ¿Podrías hablarnos de algún caso? Hace ya tiempo que estamos confrontados a una clínica de deconstrución de las categorías clásicas, bien porque se trate de una clínica border-line dominada por el concepto de personalidad y de estado límite, bien porque se trate de una psiquiatría biologicista y cuantitativa. Tenemos que responder al desafío que representa el DSM con nuestra investigación sobre las psicosis ordinarias, en contra de la idea de un continuum clínico que prevalece en otros sectores del psicoanálisis y de la psiquiatría biológica y cuantitativa, con su concepción organicista o deficitaria de la psicosis. Orientaciones, estas, que tanto en sus clasificaciones como en la descripción de los síntomas, favorecen los tipos mixtos o los estados transitorios y producen un clínica regida por cierto continuum caracterizado por déficits más o menos grandes. La categoría –sintomática, como dice Eric Laurent - de las psicosis ordinarias nos permite pensar los efectos clínicos de la inconsistencia del Otro, en una época en la que no es el Ideal el que colectiviza. Estamos en la época en la que el Otro ya no existe, y en el “cenit social” está el objeto a, que lo ha reemplazado. Por otro lado, más que fenómenos de déficit, lo que hay es una disociación del significante y del significado. Podríamos decir, al Otro que no existe - Otro precario -, corresponde la precariedad del Ideal, que no colectiviza, y consecuentemente, hay, por lo tanto, “síntomas precarios “. Y un DSM precario también, solidario con el momento de la civiliación, que al carecer de un S1 para leer la época, se desliza metonímicamente en la descripción de estados deficitarios, discapacidades que en su aparente continuidad lo que hacen es dar cuenta de lo poco que hace lazo el síntoma de la gente. Tenemos , así, todos los casos contemporáneos de los personajes de Salsa Rosa, Gran Hermano, Operación Triunfo y un largo etcétera. 3. La nueva práctica que desarrollamos en lugares como los CPCT tiene especial relevancia en el tratamiento de las psicosis ordinarias. Desde tu función de directora del CPCT-Bilbao ¿Qué podrías decirnos sobre la incidencia y el tratamiento de las psicosis ordinarias en este marco? ¿Cómo situar allí la discontinuidad que supone el pedido de tratamiento en estos casos? Efectivamente, dadas las características del dispositivo CPCT, son mayoría los casos de psicosis ordinarias. Es el pedido de tratamiento lo que permite suponer que se produjo una discontinuidad en la vida misma del sujeto, por ejemplo, en los lazos en los que se sostenía. Muchas veces, el tratamiento consiste en restaurar esos pequeños lazos, en otros el ideal modesto en el cual otro sujeto se sostenía. Dicho de otro modo, reinstaurar algo en donde apareció la discontinuidad, tanto en la dimensión simbólica como en la imaginaria, con los efectos de lazo que esto produce. Como dice JAM, es una pragmática, porque ahí estamos en el orden del saber-hacer-con, del "arreglárselas con". Una pragmática de cómo en un caso abrochar las consistencias de lo real, simbólico e imaginario, cómo colaborar con otro en la interpretación que pueda hacer de los acontecimientos del cuerpo que le llegan , cómo hacer para que otro pueda situar la fuga del sentido, cómo hacer con la dispersión de lo imaginario en otro... Privilegiando, en todos los casos, el capitón, un pequeña nominación, la escansión, la puntuación sobre esos momentos de surgimiento errático de lo real y favorecer un abrochamiento.
Tres preguntas a Gustavo Dessal 1. Las "psicosis clásicas" suelen definirse por un momento de desencadenamiento que marca una clara discontinuidad en la vida del sujeto. Sin embargo, no siempre podemos situar este momento de una manera clara y precisa. ¿Deberíamos hacer equivaler la falta de este momento de desencadenamiento a lo que hoy llamamos "psicosis ordinarias"? ¿Hay otros elementos clínicos que te parezcan también importantes para definirlas? 2. La profusión actual de diagnósticos que siguen el DSM hace cada vez más difícil distinguir entidades clínicas precisas. ¿Hasta qué punto te parece que algunas de las discapacidades o trastornos descritos como deficitarios esconden hoy, en su aparente continuidad con estas descripciones, casos de psicosis ordinarias? ¿Podrías hablarnos de algún caso? 3. La nueva práctica que desarrollamos en lugares como los CPCT tiene especial relevancia en el tratamiento de las psicosis ordinarias. ¿Qué podrías decirnos sobre la incidencia y el tratamiento de las psicosis ordinarias en este marco? ¿Cómo situar allí la discontinuidad que supone el pedido de tratamiento en estos casos? "Lalengua" y el vínculo social ^INICIO 1. El vínculo social está fundado en el lenguaje. Sin embargo, hay una parte de goce que quedaría fuera de él y que "lalengua" hace presente. ¿Cómo se las arregla el sujeto psicótico con ese goce en su uso particular de la lengua? (Si encuentras una viñeta clínica será bienvenida) La pregunta me remite a articular la relación entre lenguaje y lalengua y su articulación con la psicosis. Como Miller propone en La psicosis ordinaria, a partir del Seminario 20 Lacan descompone el lenguaje en dos partes correlativas: lalengua y el lazo social. Por un lado lalengua comprende los efectos de goce, los malentendidos infantiles, las homofonías, las significaciones investidas, y correlativamente el lazo social comprende las leyes que normalizan lalengua, como la gramática, el significante amo. Esta perspectiva permite situar las dificultades del psicótico para hacer lazo social, en la medida que no logra inscribir un significante amo que normalice la lalengua, al mismo tiempo que trae a primer plano su relación a lalengua, a la que está más conectado. Es lo que ocurre en el caso de una paciente que considera que está rebotada con todo el mundo y le hace falta socializarse; al mismo tiempo que dice tener envidia de la gente que tiene vida propia ella no tiene amigos y se considera asilvestrada. Desde el primer momento llama la atención la incontinencia verbal y la rabia que se precipitan en su decir, entre insultos y desconsideraciones que dirige hacia ella misma y el Otro. En relación al padre están las promesas incumplidas, en relación a la madre su abandono, y ella misma no se encuentra capaz de hacer nada por lo perfeccionista que es. Después de un tiempo, en el que por mi parte sólo apunto alguna cosa y aceptando sus respuestas sin cuestionarlas, en su relato aparecerá un recuerdo de una vivencia enigmática que me confiesa al pasar: a los 15 años, estando en el sofá de su casa tiene la experiencia de irse de sí misma y que todo se vuelve nítido; desde entonces ha comparado este episodio con varias cosas sin que ninguna de ellas agote su significación, aunque este trabajo ha permitido producir algunos efectos de nominación. Entiendo que lo que se presentaba al comienzo en la vertiente de la rabia y el insulto es la expresión de la lalengua, que no logra normativizar su relación al Otro, y que por otra parte, recuerda el lugar fundamental que Miller da al insulto en su Clínica irónica. Luego, en la medida que el sujeto pudo depositar algo se ve como la lengua misma está afectada por una significación enigmática que lleva al trabajo de nombrar el goce que sobrepasa a la significación. En la clínica debemos orientaros por la invención del sujeto en el trabajo sobre lalengua, en su capacidad para encontrar una solución singular que concilie lo vivo con el lazo social. El efecto de la práctica misma de lalengua es lo que a mi entender Eric Laurent menciona como una práctica del surcamiento, planteando como se regula eso que es la lengua fundamental o privada del psicótico para hacer posible el lazo social. 2. Generalmente, entendemos el goce de "lalengua" fuera del vínculo social ¿Pero de qué manera la precariedad del vínculo social en la psicosis puede enseñar algo nuevo sobre la “lalengua”? La precariedad del vínculo social es algo a lo que la época actual nos confronta en la clínica y fuera de ella. En la clínica hoy, se observan modalidades de demandas en las que se evidencia la dificultad de localizar al Otro, lo que nos conduce a enfrentar otra lógica más continuista que la que planteaba la perspectiva estructural de neurosis-psicosis. En este sentido, La psicosis ordinaria es un magnifico ejemplo para pensar las similitudes que nos plantea esta práctica con el abordaje de las subjetividades de la época. Si partimos del goce, del Otro que no existe, de lo clínicamente manifiesto y no del Otro previo o de la estructura previa, el tratamiento del goce implica destacar el estatuto del significante solo, el síntoma como modo de tratamiento de lo real por lo simbólico, tanto en la neurosis como en la psicosis, destacando la vertiente de invención del síntoma. En la psicosis ordinaria nos encontramos con casos en donde la hipótesis de un desencadenamiento precoz es casi inverificable y, faltando el punto de basta tenemos sujetos para quienes el contacto con la lengua está, de entrada, “...desenganchado de la ilusión del funcionamiento normalizado del lenguaje”; quedan más o menos desenganchados del Otro y siguen más conectados con su lalengua, no se normativizan en el uso del lenguaje, sino que se advierte una dimensión de “lengua privada”. Lalengua está hecha de equívocos: lo oído, los malentendidos infantiles, las homofonías, los sentidos gozados, son los que invisten lalengua. Las psicosis revelan una relación particular con lalengua. Y la época nos revela así mismo manifestaciones del mismo modo, que involucran el lenguaje, el lazo, la percepción, el cuerpo. Los excesos en los pasajes al acto y losacting dan cuenta de modos de salidas sin el Otro, o de un impasse en este registro. El punto mas delicado y primordial es lograr situar lalengua de la transferencia en cada caso, eso que hace signo sin el sentido, de manera de que, a partir de allí, se pueda ordenar algo de ese goce irruptivo, descarriado. Léase, sobre este punto, la contribución de la Sección Clínica de Angers y su discusión posterior. 3. ¿Crees que el efecto, y el uso, de “lalengua” en el sujeto psicótico puede velar en algún caso la precariedad del vínculo social? (De nuevo, si encuentras una viñeta clínica será bienvenida) La transferencia en las psicosis ordinarias ^INICIO Tres preguntas a José Manuel Alvarez 1. Desde Freud, el concepto de transferencia funciona parejo, en la estructura neurótica, al Sujeto supuesto saber. En las psicosis, sin embargo, esta pareja deja de tener para Lacan una relación de implicación porque el saber está del lado del psicótico. ¿Cuál es la modulación que se produce de este par en las psicosis ordinarias? En efecto, el Sujeto-Supuesto-Saber es una elaboración de Lacan de la teoría freudiana de la transferencia, y como tal es su pivote central. El pesimismo freudiano entorno al tratamiento de la psicosis se fundamenta -y con razón-, en una concepción eminentemente narcisista de las mismas -normalmente refractaria a la falta en juego en la dinámica de la transferencia-. El ejemplo más claro son los abordajes generalmente imposibles en el momento del desencadenamiento: el desgarro de la cadena significante y el cuantum de excitación alteran tan profundamente la relación con el Otro, que frecuentemente la intervención por medio de la palabra se muestra inútil, cuando no claramente generadora de fenómenos persecutorios, erotomaníacos..., etc. Durante un tiempo, el goce des-encadenado daña el conector que posibilita la transferencia analítica (repliegue libidinal). Sin embargo, quizás sea muy apresurado deducir que dicho conector -el sujeto supuesto saber-, queda definitivamente dañado y en exclusiva “del lado del psicótico”, a pesar de que nos topemos en primera instancia -y a veces no tan en primera instancia sino después de un largo diálogo con el paciente-, con una certeza conclusiva. Ahora bien, una certeza ¿es sólo un saber?, ¿qué estatuto darle entonces a las preguntas, por cierto, muchas veces cuantiosas, que nos dirige el sujeto urgido como está en comprender, o dar sentido, al cortejo de fenómenos llamados comúnmente “xenopáticos” -a falta de una concepción topológica del espacio psíquico-, por los que se siente íntimamente concernido? Valga un ejemplo de la semana pasada: una llamada de un paciente –antes de venir por primera vez sufrió tres brotes que requirieron hospitalización de urgencia-, para preguntar: Anoche tuve una pesadilla y quería saber si usted me puede decir qué puede significar; o si me puede recomendar algún libro donde pueda leer cómo interpretarla.... Ante una demanda así, o uno se queda pasmado y a continuación se replantea todo el diagnóstico, lo que no es en absoluto el caso, o más bien lo toma como un índice de que la función analítica está ahí bajo la modalidad de impulsar y dirigir, a partir de una certeza en juego, una elaboración de saber, -en este caso ser un objeto de devoración; o siguiendo la orientación señalada por Vicente Palomera, colaborar en extraer los nombres de su goce éxtimo, nocivo e inefable. Y para eso, el sujeto sumido en la psicosis frecuentemente espera del analista que sepa como mínimo, y probablemente como máximo, acompañarlo en esa elaboración. 2. En la Conversación de Antibes, se habló de la lalengua como aquello que motiva una nueva transferencia en las psicosis no desencadenadas. ¿Cómo podemos servirnos de esta "lalengua" a la hora de entender esta neotransferencia? A mi modo de ver, el diagnóstico de “psicosis ordinaria” se quiere contraponer a las producciones “sintomáticas” y a las elaboraciones extraordinarias de las psicosis desencadenadas en comparación con la aparente sencillez de las psicosis llamadas “ordinarias”. Pero a la hora de la verdad, resulta que muchas veces nos encontramos con fenómenos y producciones bien extraordinarios en las así llamadas psicosis ordinarias. Démonos una vuelta por la psicopatología de la adicción -poblada de psicosis no desencadenadas-, y asistiremos asombrados a prodigios sin igual en lo que hace a las relaciones del sujeto con lo real del cuerpo, con el pasaje al acto, con formaciones inéditas de goce y un muy largo etc., de fenómenos patológicos, construcciones sutilmente delirantes junto con soluciones terapéuticas aportadas por el propio enfermo, que nada tienen que envidiar de extraordinario a los efectos del desencadenamiento y al trabajo de reconstrucción claramente delirante de las psicosis llamadas extraordinarias que, por cierto, contienen también gran cantidad de elementos insensatos, ridículos y pueriles..., es decir, bastantes ordinarios... Además, hemos de pensar entonces qué lugar darle a las psicosis que tuvieron un franco desencadenamiento -que según esta nueva nominación fueron en su día extraordinarias-, y que tiempo después se han “estabilizado” en una configuración subjetiva que parece más inmune al desencadenamiento, pero que no evita síntomas que perturban de manera importante la vida del sujeto y por los cuales consulta para buscarles una solución... O aquellos otros que hacen de su realidad cotidiana una serie de acontecimientos tan increíbles como extraordinarios, que hasta incluso el acontecimiento más azaroso está ahí formando parte de una realidad psíquica que siendo incluso verificable por cualquier observador exterior, no es menos delirante para el sujeto de la cual forma parte y a causa de la cual también sufre... Llegados a este punto, se podría decir que después de criticarlos con esa mordaz alegría que nos caracteriza, la IPA y el conjunto de la psiquiatría nos lleva casi 70 años de ventaja en la producción de diagnósticos que, por muy desviados que nos parezcan, tratan también de capturar y ayudarles a pensar una clínica que ya se mostraba poliédrica ¡desde los años 40 del siglo pasado!, tan poliédrica como lo es la actual... Muestra de ello es que bajo el significante “psicosis ordinaria” podemos encontrar un enorme conjunto heteróclito de toda una psicopatología que ya infectaba los libros de psiquiatría desde el siglo XVIII. Y ya puestos, ¿para cuándo otro nuevo diagnóstico que divida en dos a las neurosis en ordinarias y extraordinarias, y luego a las perversiones, etc.?... Entiendo lalengua, como el núcleo donde se revela la extrema comunidad entre significante y goce. Y, desde este punto de vista, pasa con ella como con el deseo, que está articulado en la cadena significante pero no es articulable en cuanto tal, y por lo mismo siempre se pone en juego, tanto en la articulación de la palabra, de la escritura, así como del silencio, por cuanto resuena en nuestra “membrana” corporal. La neolengua en las psicosis no es sino el marcador-lalengua que indica el trabajo de una operación muy singular y que no es otra que la de producir -vía creacionista, o mejor sublimatoria-, un vaciado o un enmarcado del goce nocivo, invasor y no localizado. El problema es que, bajo mi punto de vista y el de mi práctica
clínica, la mayoría de las veces ese tipo de marcadores
no existe en absoluto, y entonces la dirección de la cura ha de
tomar otros elementos a partir de los cuales orientarse. Así por ejemplo, la abstención de intervenir en un caso se dedujo de la demanda, contra viento y marea, imperante y fija, de proporcionarle un método para conseguir una pareja con la cual desarrollar un amor loco, no sin antes remarcarle, a partir de sus dichos, una serie de puntos que quizás en un futuro pudiera hacerle replantearse el método buscado para resolver sus dificultades con el monstruo del amor. En otro, se está ayudando al sujeto -en un doble movimiento- a, por un lado, construir una distancia con el demonio de su hija todavía más enferma que la paciente, mediante el recurso a los Servicios Sociales, la policía y en última instancia probablemente al juez; y por otro, el apoyo a una extraordinaria creación artística mediante la cual transforma, -aunque parcialmente- un desgarro interior que supura una angustia que cotidianamente la aplasta y la deja sin fuerzas. En otro, la elaboración de los motivos y el mantenimiento asintótico de la resolución de su síntoma fundamental, -tener fuertes discusiones con su mujer-, lo rescata de los barrancos por los que caía borracho como una cuba. Un poco más allá y nos vimos -cosa en principio nada recomendable clínicamente- replanteándole a una paciente el autodiagnóstico que ella misma se había realizado, y al cual se había identificado de tal forma que se obligaba -de manera completamente insensata- a satisfacer con una sintomatología que la arrasaba. En este otro caso, la introducción por nuestra parte del significante otras posibilidades con la intención de producir una reducción de las exigencias superyóicas, ante la imposibilidad de ser una mujer con pareja e hijos o quedarse para siempre soltera -arruinando así un ideal familiar que tenía un reverso extremadamente oscuro-, produjo en la sujeto una suerte de paz interior mediante la cual mantiene a mínimo una angustia que, por fortuna no se cura: Tengo 40 años, y espero que algún día me cure usted de esto, si no, cuando me jubile cortamos..., me suelta no sin humor... En este niño de unos 7 años, -ayudado también por una serie de dispositivos escolares, extraescolares y medicación antipsicótica-, el uso del no, la contención en un par de ocasiones mediante el contacto cuerpo a cuerpo, recogerlo casi amorosamente en brazos del suelo por el que siempre acababa tirado, diciéndole que ese no era su sitio; el aceptar anteriormente sus injurias e improperios al inicio de las sesiones, etc., posibilita muy poco a poco, paso a paso, una organización y una calma que va conquistando el caos hiperactivo, en otra hora imposible de tratar familiar y escolarmente... Por fin, en este otro, una reconstrucción elemento a elemento, escena a escena, de los motivos y las circunstancias que produjeron su baja laboral, -contemporáneo a una incontención sexual a partir de una operación de fimosis que había estado postergando toda su vida y mediante la cual se había organizado y defendido de las relaciones amorosas y sexuales con las mujeres-, lo restaura en pocos meses en su lugar de trabajo sin mayores dificultades por ahora. Sin embargo, en aquel otro, una oposición quizás no demasiado firme por mi parte a una solución por medio de una operación de reducción de estómago a una obesidad aparentemente intratable por otros medios, no evitó, tal y como nos temíamos, un incremento de la “ansiedad” junto con un recrudecimiento de un más que sutil y silencioso, -muy silencioso-, cortejo de fenómenos interpretativos de perjuicio en el lugar de trabajo, que le hacen tomarse una baja en la que también incluye al tratamiento, al cual -dice- no acudirá hasta que le den el alta... (sic). En todas y cada una de estas intervenciones hay siempre un cálculo -más o menos afortunado-, a partir del lugar del Otro del cual el sujeto -desencadenado o no-, se hecho partenaire y que no se obtiene sino de la historia normalmente familiar de cada uno de los sujetos con los que establecemos el diálogo analítico. Es a partir de estos elementos de estructura deducidos de una historia particular y teniendo en cuenta la posición que el propio sujeto mantiene con el goce, que el analista orienta y modula la dirección de la cura. Hay seguramente otras alternativas, cada una de ellas singulares y particulares: es aquí donde el analista presta máxima atención, apoyando -o limitando-, las soluciones aportadas por el propio sujeto, a la par que mantiene abierto el agujero del saber: es decir, hacer signo de que eso que el sujeto presenta, sólo lo sabe hacer él y nadie más que él, y sobre todo que nadie más lo puede hacer por él, y que el analista está ahí para que su producción pueda ser depositada, reconocida y entendida -evocando aquí ese trabajo de traducción constante del goce que señala V. Palomera-. En este punto inédito, la supuesta especialidad, el saber previo, los protocolos, los métodos psico-científicos, etc., se pulverizan en beneficio de las soluciones artesanales, como tanto le gustaba decir a Lacan. En definitiva, y en mi modesta opinión, lo vivo y eficaz de la clínica psicoanalítica es abordar cada caso mediante la pregunta Bugs Bunny, -nótese las resonancias del significante bugs-. Pues aunque no sea necesario que el analista sea tan guapo, ni tan elegante, ni tan inteligente, ni siquiera tan delgadito, ni si me apuran, se presente con una hermosa zanahoria en la mano..., sí que me parece necesario que lo haga con la pregunta que convirtió al simpático conejito en alguien absolutamente inolvidable: ¿Qué hay de nuevo, viejo? * Benévola y democráticamente: Así es como se presentan, con cara de niño bueno y ojos sanguinolentos, las Terapias Cognitivo-Conductuales. La transferencia en las psicosis ordinarias ^INICIO Tres preguntas a Rosa López 1. Desde Freud el concepto de transferencia funciona parejo, en la estructura neurótica al SSS. En la psicosis, sin embargo, esta pareja deja de tener para Lacan una relación de implicación porque el saber está del lado del psicótico. ¿Cuál es la modulación que se produce de este par en las psicosis ordinarias? Freud nos dejó como herencia la idea de que el psicoanálisis no es un tratamiento adecuado para la psicosis en la medida en que no es posible establecer una relación de transferencia. Esta directriz no impidió a los postfreudianos dedicarse intensamente a la clínica de la psicosis, desde Melanie Klein, pasando por Winicott y tantos otros. Si el Lacan de 1958 termina “La cuestión preliminar” con esa frase lapidaria en la que afirma que utilizar la técnica que Freud instituyó, fuera de la experiencia a la que se aplica, es tan estúpido como echar los bofes en el remo cuando el navío está en la arena es porque no quiso sumarse a esa práctica clínica de la psicosis, ya habitual en la IPA, sin realizar su propia reflexión sobre sus verdaderas posibilidades de tratamiento. Resultado de su enorme esfuerzo teórico es el descubrimiento del mecanismo de forclusión para la psicosis, y, en cuanto a su estudio de la transferencia, el concepto de sujeto supuesto saber. Pero el problema le retorna a Lacan en el mismo punto que a Freud: el de la transferencia. ¿De qué transferencia hablamos cuando el par analizante-sujeto supuesto saber no se establece como tal? Si el saber está del lado del psicótico, y a la vez este se coloca en el lugar del objeto, el analista queda desarmado de los conceptos lacanianos de SSS y semblante del objeto. ¿Desde que lugar operar, entonces? La solución de servirse de la vertiente erotomanía de la transferencia psicótica y de evitar la persecutoria no deja de presentar una cierta precariedad. La experiencia clínica obliga a reformular la objeción de Freud, pero además nos lleva a reconocer que la transferencia en la psicosis excede la idea lacaniana de la erotomanía o la persecución. 2. En la conversación de Antibes se habló de lalengua como aquello que motiva una nueva transferencia en las psicosis desencadenadas. ¿Cómo podemos servirnos de este lalengua a la hora de entender esta neotransferencia? Creo que el esfuerzo realizado en 1998 sigue girando en torno al problema de cómo encontrar una modalidad de transferencia que sea operativa en los casos de psicosis. Desde el ángulo del lenguaje fracasan todos los conceptos: sujeto dividido, deseo inconsciente, sujeto supuesto saber, fantasma, interpretación. Por tanto hay que buscar la posibilidad por el lado de lalengua y verificar de qué forma se empareja con la transferencia. Olvidemos la articulación significante del sujeto neurótico que está inserto en el discurso y establezcamos con la psicosis un modo de hacer que un solo significante funcione como señal de algo que está fuera del sentido, pero con lo que no obstante puede comenzar a forjarse las bases que permitan establecer un lazo social. 3. ¿Qué implicaciones crees que tiene todo ello en la clínica en lo que respeta concretamente a la posición del analista y a la dirección de la cura de un sujeto psicótico? El saber que se demanda en la psicosis es un saber hacer con lo real, no como en la neurosis que lo que se pide es un saber sobre la significación del deseo inconsciente. Hay casos, especialmente los de psicosis ordinaria, en los que el paciente está claramente interesado por localizar la causa de su goce destructivo. La diferencia es que el neurótico va a encontrar la causa mediante la deconstrucción de su fantasma y el psicótico sólo puede alcanzarla a través de la construcción de una invención sobre lalengua. Tomemos el ejemplo de un sujeto que en el curso del tratamiento analítico encuentra la causa en haber sido objeto de abusos sexuales en la infancia a manos de su tío paterno. La diferencia con la histeria es que ésta se presentaría de entrada con esta versión causal, que más bien habría que deconstruir. En la medida en que, para el psicótico, la causa está fuera del inconsciente tiene que inventar una escena donde situar el origen del goce y el trabajo de la transferencia gira en torno a esta búsqueda. También están aquellos casos en los que la transferencia no pasa por la cuestión del saber sino por la necesidad de encontrar en el analista una función de estabilización del goce. Es entonces cuando la presencia del analista y la ritualización del encuentro se convierte en el recurso fundamental. En la transferencia se trata de como ayudar al sujeto a hacerse una conducta
como decía Lacan, sin identificarse con el lugar del maestro o
el conductista. El analista no actúa generalmente en nombre de
un saber universal o de la idea del bien, propia del discurso común,
pero cuando se trata de casos de psicosis, esta cautela tiene que ser
extrema pues cualquier anhelo de normativización no puede conducir
sino a la impotencia cuando no al estrago. En ese sentido, es del propio
sujeto de quien tenemos que extraer los más mínimos signos
que nos indiquen cuál ha de ser la orientación de las posibilidades
de tratamiento o de cura. 1. Cada año, la Conversación Clínica
del Instituto nos convoca a renovar la clínica de las psicosis.
Desde la conocida Conversación de Arcachon, el estatuto clínico
de la psicosis se ha visto enriquecido -y también removido- por
nuevas aportaciones y categorías clínicas, como por ejemplo
la de Psicosis ordinaria ¿Cómo entiendes tú este
término de "psicosis ordinaria"? En la práctica,
¿te resulta un útil clínico?, ¿en qué
casos lo utilizas y porqué? 2. Como sabes, este año trabajaremos el
eje de la precariedad del vínculo social. Por esta razón
nos interesan los llamados enganches, desenganches, reenganches... del
sujeto (concebido desde su autismo de goce) con el Otro. Es una clínica
nueva que, además, implica una dificultad para pensar este punto
en la psicosis por la ausencia de la significación fálica
que, normalmente, recubre y sostiene lo que llamamos "vínculo
social". En relación a un abordaje, digamos más clásico,
de la psicosis, ¿qué novedades clínicas te parece
que aporta esta idea? En unos casos, lograr hacer al modo de Miguel Angel cuando esculpía,
la posibilidad de crear retirando del bloque compacto de mármol
lo sobrante. En otros por el contrario, entretejer, hacer red con el reverso
de lo compacto, con un par de hilos. Una estabilidad proporcionada por
una identificación imaginaria, por un significante. En el lugar
donde poder dar cuenta de sus esfuerzos por la construcción de
un mundo con un sentido que no sea delirante. Más allá de
la discontinuidad de sus enganches y desenganches, servirse de un punto
que permanece firme como lugar de referencia: el discurso psicoanálitico,
que puede aportar a estos sujetos un plus, el de una legitimación,
si puede decirse así, de su trabajo de enganche. No a modo de sanción
de la ley sino a modo de validación. Parafraseando al protagonista
de Blow up de Antonioni (maestro en mostrarnos la incomunicación
de los seres humanos) cuando ocurre la catástrofe es cuando se
pueden arreglar las cosas, y el psicoanálisis se esfuerza en hacerlo
posible para que el sujeto pueda con su trabajo sentirse, aunque sea un
poco diferente en su psicosis corriente, habitante de un mundo humano.
Tres preguntas a Paloma Larena La precariedad subjetiva o fragilidad, no equivale a un déficit, o en todo caso una clínica continuista nos invita a pensarlo en otros términos. Como se solicita relacionar este concepto con los jóvenes delincuentes, diré que el término psicosis ordinarias es un concepto clínico potente para escuchar lo que dicen algunos jóvenes que ingresan en el CEIMJ*: que hay fenómenos en el cuerpo y en el campo próximo de la realidad que aún no pueden significar, y que sólo a través de la conversación con el analista llegan a situar y nombrar. Hay sensaciones que les asustan y percepciones paranoides que se extienden a la totalidad de un mundo no enmarcado por el fantasma. También hablan de una inquietud,
una tensión interna que identifican bien, que les lleva a golpear / golpearse, a marcarse la piel o a intoxicarse para introducir en lo real un corte, una detención, que dejando fuera al sujeto hace consistir de cierta manera un cuerpo. Estos signos de sufrimiento son de dudoso valor para la actual psiquiatría ya que hasta la edad adulta pereciera que todo es conducta, es transitorio u obedece al entorno social. Sin embargo y teniendo en cuenta que para el psicoanálisis el sujeto no tiene edad a medir en años, podemos aplicar uno de los términos que utiliza Miller: psicosis que evolucionan. Los jóvenes más frágiles tienen una relación muy patológica con un entorno familiar igualmente precario, parejas parentales que los han traído al mundo sin considerarse responsables por ello. Manifiestan los efectos de ocupar el lugar de objeto de goce del Otro. Esto dificulta una inserción en el Otro social, como se verá en las instituciones educativas de las que han sido expulsados y las dificultades para encontrar para ellos un lugar de formación o prelaboral. En los casos más graves que ingresan en el Centro, está afectada también la relación con el grupo de compañeros y evitan en lo posible los tiempos de mayor convivencia. Sin embargo se producen identificaciones imaginarias entre los jóvenes, imitaciones de modos de actuar o de hablar, de carácter transitorio. Conseguir que se produzca un síntoma, es una manera de hacer un lazo social, ya que además de fijar el goce deslocalizado, supone una llamada al Otro para que éste lo incluya en algún mundo simbólico y dé una respuesta. Facilitar la conversación, permite también hacer pasar por la palabra el malestar. Ello debe realizarse prudentemente por el riesgo de provocar una proliferación de sentidos, no ligados al significante. La precariedad de la que hablamos, va situando progresivamente a estos sujetos en lo marginal, al margen de lo social y también de la ley. La delincuencia juvenil, no está ya ligada a la pobreza, al menos en nuestra ciudad. Pero un joven, de cualquier nivel social puede considerarse de menos si no posee determinado objeto y robar para conseguirlo. Roba para no pasar por los circuitos de la demanda y lo que ello implica de relación al Otro. Los que conocemos, de entre otros, son aquellos a los que han detenido y culpado, es decir han recibido su mensaje de forma invertida: ahora van a estar sujetos durante un tiempo. En muchas ocasiones hay que plantearse si no era ese precisamente su deseo. En otros delitos en los que la violencia contra el otro, la crueldad, es lo destacable, hay que constatar lo inhumano de la faz del Otro que ellos ponen en acto. * CEIMJ: Centro de Educación e Internamiento por Medida Judicial | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||