Aunque ya queda muy lejos, no está de más recordar que en su día hubo quien desde el psicoanálisis, incluso esgrimiendo como argumento la consigna lacaniana de “no retroceder ante la psicosis”, planteaba que no se trataba de evitar el desencadenamiento bajo transferencia, llegando a decir que en esas condiciones era posible obtener mejor del trabajo del delirio el efecto de estabilización esperado.

Nada más lejos de la exquisita prudencia que nos transmite Lacan y el realismo (no en el sentido de la realidad, sino de lo real) que transmitía, por ejemplo, respecto a lo que se puede esperar en la vida de ciertas personas cuando se ha producido el efecto de destrucción a veces subsecuente a un desencadenamiento. Lo constatamos, por ejemplo, en sus comentarios ante algunos casos de sus presentaciones de enfermos.

La perspectiva pragmática hoy imperante en el Campo Freudiano, particularmente reforzada a partir de la reflexión sobre las psicosis ordinarias impulsada por Jacques-Alain Miller, cuyos resultados pudieron ser puestos a examen en el XI Congreso de la AMP, en Barcelona, nos permite pensar de un modo mucho más sutil el tratamiento bajo transferencia de sujetos en los que el desencadenamiento no se ha producido. Pero estas enseñanzas pragmáticas también tienen sus efectos en el modo en que podemos pensar el trabajo bajo transferencia que puede llevar a cabo alguien que sí ha pasado por esa experiencia. Uno de ellos es la posibilidad de situar après-coup qué condiciones externas e internas podrían llevar a que el encuentro con el abismo se vuelva a producir. Pero no sólo de que el analista pueda situarlas, sino de que pueda hacerlas, por así decir, el propio interesado.

En este contexto, son de especial valor las construcciones mediante las cuales el propio paciente puede llegar a situar y/producir significantes que le permiten bordear el abismo y que, a partir de ese momento, pueden llegar a ser usados por él como indicadores de líneas rojas que no debe atravesar, si no quiere que el mundo vuelva a sumergirse en su ocaso de destrucción.

En el caso del sujeto paranoico, estos significantes están a veces relacionados con la función del ideal, que durante años puede haber suplido una carencia fundamental, defendiéndolo de la experiencia del sinsentido o a veces la depresión, pero que en determinadas condiciones se alzan como un Rubicón que llama a ser atravesado. Y que en su día cruzó.

A posteriori, a veces, bajo transferencia, el sujeto será capaz de situar algo de un goce excesivo que le llevó entonces a dar rienda suelta a su solución megalomaniaca, orgía de hibris que en medio del entusiasmo no quiso frenar. Esos significantes que el sujeto será capaz de producir ahora no son en absoluto como los S1 producidos en el análisis del neurótico. No es en el inconsciente donde hay que llevar al sujeto a buscarlos. Se trata siempre de descripciones de una experiencia, muchas veces adjetivos, marcados por el sello de lo aproximado. Mejor así, porque no se trata de alimentar el fantasma de acceder a una verdad última que explicaría lo ocurrido.

Todo lo contrario. Se trata de respetar la potencia de ese real que desafía todo sentido, tratándolo con significantes cuyo carácter de semblantes es reconocido. Ese carácter aproximado es también un modo de mantener al sujeto de este lado del borde que está tratando de construirle al agujero en el que en su momento cayó.

Como cierto paciente paranoico que, poco a poco, va situando los momentos en que puede reconocer la tentación de lo absoluto y produce una serie indefinida de palabras, entre las cuales el “engreimiento”, la “osadía”, “la falta de humildad”, la “verdad absoluta” van trazando una frontera que cada vez está más seguro de no querer volver a atravesar. Entre estas construcciones se refiere al uso paradójico que en su día hizo del pensamiento budista. Así, comenta que resulta peculiar que un pensamiento que aconseja la desposesión y la reducción de la dimensión del “yo” formara parte para él de un intento de alcanzar la mayor notoriedad y elevarse por encima de los mortales. Es ahí donde el sitúa lo que llama su “neurosis”, nombre de lo que ahora está completamente decidido a evitar.

Enric Berenguer