Los sueños se prestan bien a la asociación libre, aportan montones de palabras y de imágenes que, a poco que uno crea en el inconsciente, quiere descifrar, buscando una cierta verdad que habría quedado disfrazada por la potencia creadora del lenguaje puesta al trabajo.

La angustia, en contrapartida, trae más bien a primer plano que algo no anda en lo simbólico como sería de esperar, que falla en su tarea de vestir lo real, y entonces éste se presenta, desnudo, produciendo como señal “ese afecto que no engaña”.

Mi análisis estaba en curso desde hacía ya algunos años cuando la angustia me asaltó, por sorpresa, con una potencia muy superior a la que le había conocido nunca. Se desbarató toda ilusión de autonomía del yo y el cuerpo fue invadido de forma feroz, quedando confrontada a la pura “miseria del sujeto” (1).

Dos semejantes me sostuvieron, a trancas y barrancas, en las primeras horas. Intentaban -y yo con ellos- ayudarme a construir un discurso que explicara, que aliviara, que redujera… pero las palabras eran impotentes. Salvo esas dos personas que por su presencia a mi lado eran innegablemente existentes, el mundo se me aparecía desierto de otros y de Otro a los que arrimarme.

Incapacitada para casi todo, recurrí a tratamiento farmacológico y me entregué a una rutina de autómata: trabajo y supervivencia. Evitar pensar en mí, esquivar emociones, eludir encuentros… Los síntomas se aliviaron, pero no podía situar qué había sucedido ni por qué, y mucho menos podía abandonar los fármacos porque me asaltaba el temor de que volviera a surgir.

La ética analizante ganó al miedo que me producía la idea de viajar y acudí a mis sesiones un mes después de la gran crisis. Frente a mi relato de lo que había surgido el analista no tuvo gestos ni palabras de consuelo. Tampoco mostró el menor interés por el tratamiento farmacológico.

Acabó la primera sesión con una frase singular: “Parece que no hemos valorado en su justa medida…” y la frase seguía haciendo referencia a una persona que había tenido un lugar central en mi vida. Pero, lo que me resulta aún hoy llamativo de esa frase es que fue la única vez –al menos la única que ha quedado en mi recuerdo- en que nos situó a los dos, él y yo, como copartícipes de una tarea común. Mi interpretación hoy es que fue una manera sutil -pero eficaz- de enunciar que el sujeto no estaba solo.

La apuesta del analista era por lo que el trabajo bajo transferencia podía ser capaz de producir para encontrarle a la angustia -a ese afecto huérfano de significante- su objeto causa. Así, en los dos días que disponía para mis sesiones, me dio citas continuadas.

En ellas, llevé a cabo la tarea de desentrañar cómo se había impuesto el objeto a, desvestido de su casulla imaginaria, en el atravesamiento salvaje del fantasma producido por la combinación contingente de una importante pérdida afectiva y un mal encuentro.

Parecía una incoherencia que el efecto de esa pérdida afectiva se mostrara entonces, cuando se había producido mucho tiempo antes y estaba, supuestamente, elaborada, asumida y superada. Aprendí en esas sesiones que separarse de un ser querido e inscribir la pérdida de su afecto no son la misma cosa. Incluso separada, el amor de ese hombre había seguido funcionando para el sujeto como suplencia de la relación sexual que no existe. Solo cuando ese amor se extinguió, se hizo presente el agujero de lo simbólico.

El otro elemento desencadenante, el mal encuentro, tuvo como función desbaratar los oropeles imaginarios que podían, incluso perdido ese amor, mantener al sujeto en un relativamente cómodo desconocimiento de lo real. Sin caparazón, el cangrejo ermitaño se vio a sí mismo, y el horror de saber entregó la angustia como señal.

El acto del analista -su frase, los cortes de sesión, sus puntuaciones y su silencio, en suma su confianza en el inconsciente transferencial- me permitieron salir de un goce mortífero y solitario para ponerme de nuevo en un vínculo de palabra, reanudada a un Otro del lenguaje. A mi regreso de ese viaje, abandoné la medicación radicalmente. Ya no la necesitaba.

Marta Serra Frediani