Cuando nuestra colega Marta Serra propuso el tema para esta Conversación, todos los presentes asentimos sobre la buena elección. Desencadenamientos, en plural, abre un amplio abanico de fenómenos clínicos más allá de los que clásicamente se adscriben a las psicosis y que Lacan estudió de manera tan precisa. El desencadenamiento del delirio y de los fenómenos psicóticos tiene su principio en aquel “proceso por el cual el significante se ha ‘desencadenado’ en lo real, despueìs de que se abrioì la quiebra del Nombre-del-Padre.” (Escritos, p. 564). El significante se desencadena en lo real, y sólo en lo real, separándose de la cadena por la que tenía su lugar en lo simbólico, para aparecer entonces —solo, roto— fuera de lugar, desde aquel no lugar que es lo real mismo. Para tomar una imagen literal, y es algo más que una imagen: pasamos de la letra O, y la cadena que forma con otras oes, a la letra C, abierta sin remedio, y al desencadenamiento que implica al no poder abrazar ya el agujero con el que se vinculaba a la cadena.

Entonces, hay desencadenamientos distintos según los diferentes agujeros en juego. Pasamos así de una clínica estructural definida a partir de la forclusión del Nombre-del-Padre a una clínica diferencial de los agujeros que sólo se definen por aquello que los rodea. Si en 1958 Lacan situaba el agujero fundamental en la forclusión del Nombre-del-Padre, hacia el final de su enseñanza, con la forclusión generalizada y la pluralización de los Nombres-del-Padre, la lógica del desencadenamiento se extiende a toda una serie de fenómenos clínicos que responden al encuentro del sujeto con otros tantos agujeros. Podemos hablar entonces del desencadenamiento del síntoma o de la angustia, del desencadenamiento del trance obsesivo o de los jeroglíficos corporales de la histeria, pero también del desencadenamiento de la transferencia o del desencadenamiento del final de análisis, tal como Jacques-Alain Miller lo indicó en su momento. Cada desencadenamiento es respuesta al encuentro con un agujero, singular para cada sujeto. O, mejor dicho, si leemos bien el texto de la “Cuestión preliminar…”, cada desencadenamiento es efecto de la respuesta que el sujeto recibe desde el lugar del Otro al haberle dirigido una llamada: lo que funciona como frontera para una clínica diferencial no es tanto la propia forclusión del Nombre-del-Padre (Verwerfung) como la respuesta que puede producirse en el momento en que ese significante “es llamado” en el lugar del Otro (Escritos p. 540). Es entonces cuando “puede responder en el Otro un puro y simple agujero” que provocará “un agujero correspondiente en el lugar de la significación fálica”. Mientras no haya llamada —y todo puede seguir en orden sin necesidad de que se realice esta llamada— no hay necesidad tampoco de respuesta. Y el problema, en el caso de las psicosis, no es que no haya respuesta, sino que en el momento de la llamada la respuesta sea “un puro y simple agujero”. No es lo mismo una falta de respuesta que un agujero como respuesta, esta es toda la diferencia que nos importa en la clínica diferencial. Esta lógica del desencadenamiento puede valer, en efecto, para una gran variedad de fenómenos clínicos.

La pregunta para nuestra Conversación será entonces la siguiente: ¿qué agujero es respuesta a qué llamada del sujeto, en cada caso, en cada fenómeno de desencadenamiento que encontramos en la clínica?

Miquel Bassols