
Empuje al goce
En su conferencia, Una fantasía1, Jacques-Alain Miller toma su referencia de la formulación de Lacan sobre el ascenso del objeto a al cenit social. El objeto ocupa el lugar que antes ocupaba el ideal y la civilización ya no se rige por el significante amo, sino por una relación con el objeto a en su forma de plus de goce.
Esta fórmula proporciona un marco mínimo para comprender la distinción entre dos modos del superyó, el superyó freudiano y el nuestro. Heredero de la era victoriana de la civilización, el superyó freudiano opera en modo de prohibición, tomando como referencia el S1 en lugar del ideal. Lo que podríamos llamar el superyó lacaniano, dominado por el objeto en su forma de plus de goce, no opera en el modo de la prohibición, sino más bien en el modo de la provocación, dando lugar a un empuje al goce que Miller escribe en forma de a →$.
En torno a esta fórmula para el empuje contemporáneo al goce, Miller tratará de reconstruir la escritura del discurso de la civilización hipermoderna, demostrando en qué se diferencia de la estructura del discurso del amo que anteriormente dominaba nuestra cultura. Sugiere que la clave del discurso del amo no debe buscarse tanto en la relación de mando entre S1 y S2, sino más bien en la barrera que separa al sujeto del objeto del plus de goce, confinado el acceso del sujeto al goce al espacio del fantasma.
Bajo los imperativos de la lógica de la acumulación capitalista, las mutaciones que han dado lugar al discurso de la civilización hipermoderna han logrado desmantelar el espacio cerrado del fantasma para facilitar la extracción acelerada del goce, dejando el campo de la realidad contaminado con el goce y al sujeto expuesto a un empuje agravado hacia una satisfacción mortificante, sin el obstáculo de las barreras del placer o el deseo.
Esta nueva configuración del discurso se puede observar en las nuevas formas de sufrimiento sintomático que presentan los sujetos encerrados en modos adictivos de satisfacción solitaria, pero también en el sufrimiento cada vez más generalizado de los efectos del agotamiento y el «burn-out». Esto plantea nuevos retos al psicoanalista, que se enfrenta a formas sin precedentes de malestar subjetivo que apenas adoptan la forma de síntomas constituidos. En estas condiciones, el psicoanálisis se ve cuestionado como nunca antes en cuanto a sus recursos, sus objetivos y sus fines mismos.
Cuando la civilización estaba ordenada por el discurso del amo, los psicoanalistas de la era freudiana podían situarse en oposición a este discurso, tratando los malestares de la civilización aplicándose a la interpretación del inconsciente, apoyados por el propio marco del discurso del amo. La situación es profundamente diferente cuando encontramos el discurso del analista alineado con el discurso de la civilización hipermoderna. Aquí, el psicoanalista tiene que encontrar nuevas formas de afrontar los crecientes impasses de la civilización contemporánea, en primer lugar reconociendo que el propio psicoanálisis no es inmune a estos malestares.
Miller indica que Freud fue el primero en darse cuenta del declive de la eficacia de los recursos tradicionales de la clínica psicoanalítica. Su reescritura de la segunda topografía, que culminó en el texto titulado Análisis terminable e interminable, ya era un reconocimiento de que los objetivos del tratamiento se estaban viendo contaminados por el goce infinito de hablar. Es aquí donde Miller sugiere que la proposición del pase se considere como la respuesta propia de Lacan a los crecientes impasses del psicoanálisis en la civilización, buscando situar el deseo del analista no solo como operador, sino también como resultado del tratamiento, huella en primera instancia del deseo de que haya un término a las satisfacciones del habla bajo la transferencia, una forma de saber sintomático con el goce en juego en los interminables cifrados y descifrados del inconsciente.
A medida que vemos cómo el lugar de la enunciación se ve cada vez más erosionado por el auge de las tecnologías digitales, las dos caras del síntoma como sentido y como goce, anteriormente unidas por el acto de hablar, se desarticulan en las satisfacciones silenciosas de la pulsión de muerte, por un lado, y las satisfacciones elocuentes de un hablar infinito desligado de cualquier referencia a la verdad subjetiva, por otro. Para que el psicoanálisis no se rinda ante estos crecientes impasses del malestar actual, es vital que haya analistas capaces de ocupar la posición que se les exige, no solo en la clínica, sino también en la cultura contemporánea, para que el psicoanálisis pueda seguir encontrando una forma de ex-sistir como síntoma de un real que nunca deja de escribirse.
Roger Litten
1. Miller, J.-A.,”Una fantasía”, El Psicoanálisis, Revista de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, Número 9, 2005.
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