
La clínica del imperativo
El deseo, en el psicoanálisis, tiene una ética: no ceder sobre eso que nos provoca a no ser lo que creemos ser. Somos sujetos de un deseo inconsciente, que tiene como fundamento el deseo del Otro. Podemos negarnos a él, pero eso tiene consecuencias, las de un síntoma que demanda supervivencia a la vez que recarga la vida con el peso de la censura. Censura de la pulsión de muerte en aras de la felicidad: mal negocio, que un análisis puede rectificar. El ideal de dejar en paz al Otro implica traducir la falta en ser, constitutiva del deseo, por una conformidad. Ello comporta un olvido de la afirmación primera, la Bejahung, y la transformación de ese olvido en imperativo fatal: Sic volo sic jubeo. (Nos remitimos sobre este punto al comentario de Jacques-Alain Miller en el volumen Política de la transferencia, Colección de la ELP, 2025, págs 396-397.) Por este camino substituimos el deseo por la obediencia; creamos un superyó devorante, sin darnos cuenta de que lo que vale aquí es la devoración en la que parcializamos el deseo, cuando podemos creer elevarlo a la condición de un ser inmortal.
El deseo, en su formulación, absorbe la negación. Como dice Lacan en el Seminario XI, “no querer desear y desear es lo mismo”. No hay negación definitiva del deseo; la Bejahung lo domina.
El goce, en el psicoanálisis, conoce un imperativo anárquico: ¡Goza! Pero su decir es enigmático siempre: ese imperativo es tan mudo como el silencio de la pulsión. Su transformación en imperativo es una primera mutación; sacarlo de su silencio lo constituye en voz, que se modula como superyó: ¡No goces! Gozar y no gozar es lo mismo: se goza de no gozar.
Tenemos entonces dos términos que ponen en cuestión la semántica usual. La bella carnicera se priva de caviar para poder desearlo. Teresa de Jesús puede experimentar la exclusión del goce como un goce supremo.
Hay deseo del Otro; no hay goce del Otro. Allí donde alargamos la mano para dar alcance al Otro, está el cuerpo, que goza, y que es nuestro Uno de andar por casa. Tenemos entonces dos recursos clínicos: o bien escuchar la necesidad en la contingencia, o bien trazar los límites del pragmatismo. Dicho de otro modo: dejar hablar al deseo del Otro, o, en lo que habla, registrar en una pragmática el silencio de la pulsión. Tomamos el deseo como el reverso de la ley del lenguaje que mata la cosa; o dejamos que la pulsión, de muerte, sacuda al cuerpo que hablabla. Sin más esperanza que la de una nueva escritura, la de un discurso nuevo.
Antoni Vicens
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