
Goce y paradojas de la soledad
El tema de la XXII Conversación Clínica del ICF “¡GOZA! Delicias y tormentos de los malestares actuales” me evoca la llamada soledad no deseada, que se presenta hoy como un mal de época, una crisis de salud pública, un tormento que abarca a mayores y jóvenes. ¿Más solos que nunca? Tal vez no. Más bien podríamos decir: más desorientados e ignorantes que nunca de lo que constituye nuestra verdadera soledad. Esa soledad que no es la ausencia de compañía, sino la experiencia de que aquello que nos hace únicos y diversos nos resulta extraño y, por ello, rechazamos esa extimidad como si no fuera con nosotros.
La época consagra y sacraliza el yo en una reivindicación de la autenticidad y sinceridad que promueve la ilusión de ser dueños absolutos de nuestra vida1. Forma actual del no querer saber sobre los hilos invisibles que entretejen nuestras existencias. Para Lacan “Si la era moderna tiene un sentido, es debido a ciertos franqueamientos, entre ellos el mito de la isla desierta.2” El pasaje de la comunión con Dios a la isla desierta como territorio propio del Yo, instala al sujeto, en palabras de J.A. Miller, «en una soledad esencial respecto de toda institución y respecto de otro que habla»3. Soñar con islas —escribió Gilles Deleuze— es siempre soñar con separarse: ya sea para perderse o para recomenzar desde cero4. En ambos casos, la isla desierta encarna el deseo fantaseado —y también el límite— de escapar de nuestros propios demonios alejándonos de los otros.
El psicoanálisis nos enseña cómo esa soledad íntima no está exenta de paradojas, porque, en rigor, nadie está completamente solo. Siempre estamos acompañados por algún partenaire—familia, pareja, iguales, incluso una mascota—; por algún objeto —un gadget, una sustancia—; por el pensamiento —rumiaciones, ficciones—; y, por supuesto, por el propio cuerpo, que puede convertirse en una alteridad inquietante.
Candela, una mujer joven, constata en sus parejas la repetición de una misma elección “tóxica”. Descubre que lo insoportable no es tanto el otro, sino la imposibilidad de estar sola, su necesidad de ser «algo para alguien», aunque el precio que paga por ese «amor» sea la toxicidad de la que se queja. Otro paciente adolescente presenta trastornos del sueño desde que nació su hermana: esa nueva presencia lo deja solo con su tormento nocturno y las fantasías de abandono. Decide —para combatir su soledad— aislarse del grupo familiar y se vuelve mutista electivo, identificado con su condición de ser una víctima incomprendida.
En casos extremos, una idea delirante puede ser también una compañía constante. Muchos autores de masacres escolares (school killers) son adolescentes o jóvenes que viven aislados del resto —siempre en los márgenes sociales y sin apenas visibilidad— e invadidos por certezas fijas que no los abandonan nunca. Todos ellos tienen una causa pendiente con el mundo que habitan (muchos son vecinos de las víctimas), un resentimiento que viven como una profunda injusticia hacia ellos. No importa la exactitud de ese reproche, lo que cuenta es que para ellos es una certeza. Todos comparten su condición de ex: exmilitar apartado injustamente, exvíctima de bullying, extrabajador despedido, expaciente sobremedicado. Son esos demonios del pasado los que alimentan la trama mental que van tejiendo, hasta que se produce el pasaje al acto.
El todo el mundo es loco es la versión delirante de nosotros mismos que no nos abandona nunca. El problema es que esa autoficción ignora una parte fundamental de nosotros mismos. Soledad es una manera de nombrar esa falla y por eso deliramos, para taponar esa soledad desconocida. Hablar tiene que ver con la soledad —señala Lacan—, con aquello que no puede escribirse porque no existen las palabras adecuadas5. Y es precisamente por esa falta de palabras que no nos queda otra opción que intentar escribir algo que dé forma a esa soledad.
“La escritura de un libro, lo escrito, es siempre la puerta abierta hacia el abandono. El suicidio está en la soledad de un escritor. Una está sola incluso en su propia soledad. Siempre inconcebible. Siempre peligrosa. Sí. Un precio que hay que pagar por haber osado salir y gritar”. Es la manera que tiene Marguerite Duras de indicar que la soledad necesita a quien la escriba, aun con el riesgo que esto implica: «Escribir. No puedo. Nadie puede. Es necesario decir: no se puede. Y se escribe»6.
José R. Ubieto
- Lipovetsky, G. (2024). La consagración de la autenticidad, Anagrama, Barcelona.
- Lacan, J. (2007). El Seminario, Libro 16: De un Otro al otro, texto establecido por Jacques-Alain Miller, Paidós, Buenos Aires.
- Miller, J.-A. (2006) “La orientación lacaniana. Iluminaciones profanas”, Departamento de Psicoanálisis de la Universidad París 8, clase del 10 de mayo del 2006. Inédito.
- Deleuze, G. (2005). Islas desiertas y otros textos, Pre-Textos, Valencia.
- Lacan, J. (1981). El seminario, Libro 20, Aún, texto establecido por Jacques-Alain Miller, Paidós, Buenos Aires.
- Duras, M. (2025). Escribir, Tusquets, Barcelona.
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