“… la repetición de idéntica acción sintomática demuestra que siguió produciendo intensos efectos en lo inconsciente, como si la conciencia dijera: No puedo quitarme de la cabeza esa historia”.

Freud, S. (1901) “Psicopatología de la vida cotidiana”. Obras completas, Tomo VI, pág. 227, Buenos Aires, Amorrortu, 2000.

Enmarcado en el capítulo XI de la Psicopatología de la vida cotidiana, y en el apartado “Actos fallidos combinados” nos volvemos a encontrar, como a lo largo de toda la obra de Freud, el tema de la repetición. Uno de los conceptos que atraviesan desde el inicio hasta el final, todo el desarrollo del pensamiento freudiano. Aquí, la repetición está puesta, aparentemente, al servicio de un olvido. En efecto, se trata de un sujeto que muy en contra de su manera de ser, se ve sometido a una serie de olvidos que a sus ojos acaban haciendo síntoma, y cuando los entrega a la labor analítica demuestran obedecer a múltiples motivaciones (sobredeterminación), que comienzan por deudas de dinero y convergen -como quien no quiere la cosa-, en el tema de la feminidad. Un real inconsciente que insiste a lo largo de toda la cadena de olvidos y que podríamos equiparar al real que, a lo largo del tratamiento analítico insiste de una manera u otra, y que las más de las veces es el que inicialmente conecta al paciente con el Sujeto-supuesto-Saber; pero también es susceptible de cortar el lazo analítico mediante un acto como forma de una repetición.

Son los momentos críticos en los que, tomando el ejemplo arriba mencionado, y si miramos más de cerca, nos encontramos no con que la repetición estaba puesta al servicio de un olvido, sino que el olvido mismo es la forma privilegiada de la repetición. En definitiva, el olvido como la forma más tenaz de la memoria; una memoria que, como en algunos materiales modernos con “memoria de forma”, -los cuales sometidos a un cambio térmico o magnético recuperan su forma original-, en el aparato psíquico, cambios en la relación al Otro, -y para el caso que nos ocupa la relación al Otro de la transferencia-, recupera una forma que no es sino la forma de un goce. Goce rebelde al significante y ante el cual el analista sin ningún tipo de saber preestablecido pero sí orientado ha de saber, de forma inédita, maniobrar. Un saber paradójico y que, por eso mismo y necesariamente, incluye una falla.

José Manuel Álvarez