Vilma Coccoz

EL EMPUJE A LA FELICIDAD PRODUCE TRISTEZA

En mi opinión, el superyo es el concepto más clínico y a la vez más político de Freud, pues conjuga la singularidad del síntoma con el discurso de la época.

Lamentablemente, la potencia de  la invención de Freud perdió su carácter subversivo al ser exportada a los Estados Unidos pues la egopsychology se adaptó al ideal del “american way of life”, tan acorde con el discurso capitalista. De ese psicoanálisis nacieron los hijos bastardos de las psicoterapias que hoy vemos proliferar por doquier, y que sirven para alimentar el superyo contemporáneo cuya voz áfona dice: “¡Goza, consume, realiza tu potencial y sé siempre feliz!”

El efecto de esta deriva no se deja esperar: cuanto más obliga el superyo a una felicidad ligada al éxito, más se empobrece el deseo y, por ende, más se acentúa la tristeza. La sombra de la culpa recae sobre aquel que no alcanza la excelencia, el rendimiento infinito y el goce ilimitado. En consecuencia, asistimos a una epidemia de tristeza y angustia, mientras las adicciones se multiplican como correlato de la ausencia del deseo de saber sobre la causa del malestar. Los tratamientos químicos y psicoterapéuticos obturan la pregunta del sujeto, ofreciéndole soluciones para funcionar como una pieza más de la maquinaria sádico-kantiana comandada por el superyo.

La depresión como coartada 

No es de extrañar que el significante “depresión” haya colonizado el campo de las afecciones psíquicas, pues funciona como una gran coartada para que clínicos y pacientes se ahorren el camino del saber. Contrariando el espíritu de la época, Lacan se desprende del significante “depresión” y pone todo su interés en la tristeza. Santo Tomás, Spinoza y Dante le permiten entender  la tristeza como una cobardía moral, incluso como pecado1. Estos autores no están hablando de los estados de tristeza transitorios que todos experimentamos con mayor o menor frecuencia, sino de la tristeza convertida en una pasión, incluso en un vicio imperdonable. Es nuestros términos, se refieren a la entrega del sujeto al imperativo de goce del superyo.

La sabiduría de Freud

No olvidemos que el principal referente de Lacan fue Freud, quien en Duelo y melancolía se enfrenta a las paradojas de los melancólicos que nos enseñan como la vida, en si misma, produce un dolor tan pertinaz como indefinido donde la tristeza surge de no se sabe dónde o mas bien surge de todas partes. Freud no cedió ante las paradojas del goce y por ese motivo escribe Más allá del principio del placer y lanza el concepto que hizo temblar los cimientos de la sociedad psicoanalítica: la pulsión de muerte.

La tristeza no es una patología en sí misma aunque la clínica actual, al darle el nombre genérico de “depresión”, haya producido un efecto de borramiento de la diferencias englobando bajo un mismo diagnóstico a todas las estructuras del sujeto: neurosis, psicosis y perversión. En ese sentido Lacan habla de la tristeza en términos generales, lo que puede aplicarse a la neurosis, pero después hace un apunte clínico fundamental al incluir también la tristeza psicótica en el rango de “cobardía moral”, que parecía más apropiado a la posición neurótica frente al deseo y el amor. Para Lacan los psicóticos no están exentos de esta dimensión del pecado del no encontrarse en la estructura y de cultivar el mal decir. Si cobardía y psicosis son compatibles es porque en esta última el pecado de darle la espalda al inconsciente llega a su grado máximo bajo la forma del rechazo forclusivo.

El gay saber y la posición del analista

En el Seminario 14 Lacan plantea el proceso analítico en los siguientes términos: «La alegría, o para hablar mi lenguaje, el gay saber, es una recompensa de un esfuerzo continuado, atrevido, tenaz, subterráneo, que a decir verdad, no es para todo el mundo”2 de manera que promete una recompensa para el analizante: la obtención de una alegría que pasa por el saber hacer con lo singular y no por la adaptación al ideal de la época.

Al analista le cabe actuar con la paciencia del santo y soportar, como ningún otro, las manifestaciones de dolor, angustia, odio, desidia o desprecio que forman parte de la tristeza. Conocedor del funcionamiento del superyo no juzga ni exhorta. La única condición a la que no puede renunciar es a que el sujeto se ahorre el trabajo de hallarse en el inconsciente en la neurosis, o de orientarse en la estructura en la psicosis.

Lacan en los Estados Unidos

Lacan también pasó por Estados Unidos y pudo mostrar su concepción de la práctica clínica. En una de sus conferencias en las Universidades  alguien le preguntó  cuándo daba por válido que uno de sus pacientes finalizase el análisis. Su respuesta fue sencilla y  equivoca: “trato  de no empujar demasiado lejos un psicoanálisis, de manera que cuando el analizante piensa que le es dichoso vivir, es suficiente”.
Hay dos significantes que me parecen especialmente acertados: “empujar” y “dichoso”.
“Empujar demasiado” es  lo propio de un tipo de análisis que utiliza el superyo para promover un ideal de maduración vía identificación con el analista. Declararse “dichoso de vivir” no es lo mismo que alcanzar la felicidad, siempre episódica, sino saber arreglárselas con la condición estructural de estar atravesado por los dichos, lo que supone conciliar el decir con el amor a la vida.
Lacan era audaz en sus intervenciones, pero cultivó siempre la virtud de la prudencia, incluso la docilidad, advirtiéndonos que el deseo de cada sujeto en análisis puede tener sus buenas razones para no ir mas lejos, sin que se trate de una cobardía moral.

Rosa María López


  1. Lacan, J., “Television” (1973), Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, págs., 551-2.

  2. Lacan, J.El Seminario, Libro 14: La lógica del fantasma (1966–1967).Buenos Aires: Paidos. Clase del 15 de febrero de 1967.