Paloma Blanco

Nuestro goce no es visceral, es del cuerpo

Escuché hace unos días a una psicóloga experta en emergencias, que participaba en un programa especial de la televisión pública(1) sobre el terrible accidente ferroviario del domingo 18 de enero(2).

El programa lo dirigía Pepa Bueno, que realiza siempre un trabajo riguroso y de calidad y de la que me interesa particularmente su lectura de la época que vivimos. Junto a la información detallada sobre la catástrofe y los interrogantes que suscitaba sobre sus causas, la periodista había tomado un eje para el diálogo centrado fundamentalmente en las víctimas de la tragedia, en sus familiares y también en los efectos traumáticos para el resto de la ciudadanía, dada la condición de viajero ferroviario en la que, con relativa frecuencia, nos vemos imbuidos una gran parte de la población a lo largo del año.

Un hilo argumental de este eje era el efecto balsámico para la sociedad española que se podía derivar del comportamiento que habían mantenido públicamente, más allá de su ideología o su filiación política, los representantes de las dos instituciones directamente concernidas por el accidente, el presidente del gobierno de España y el presidente de la Comunidad de Andalucía: la respuesta rápida, bien coordinada y eficiente, mediante todos medios disponibles según las competencias correspondientes a cada institución, mostraba la potencia de la respuesta del Estado, es decir de los servicios públicos, ante una necesidad urgente de una parte de la población, cuando los representantes políticos responden en coherencia con su responsabilidad.

Pepa Bueno hacía una lectura de la trascendencia política de este hecho. Política, es decir, de los efectos para la cosa pública, para la calidad de la convivencia, de la vida en común en democracia. Proponía a los periodistas presentes en la mesa el comentario de esta lectura que ella sostenía e invitó a la psicóloga experta en emergencias a pronunciarse también sobre la misma cuestión: “si esto, decía, que hemos sentido como un bálsamo social, ver que los líderes de las instituciones más importantes en la catástrofe tienen una relación profesional, cortés, y que los periodistas lo hemos sentido como un bálsamo, para una sociedad en estado de shock es un bálsamo también, imagino”. Pero la psicóloga experta en emergencias no compartía esa opinión: “No, —dijo contundente—, para una sociedad en estado de shock, por historia aprendida (sic) los políticos, es como, <ya están aquí para hacerse la foto> ¿vale? Las víctimas no quieren ver a los políticos, los políticos muchas veces molestan a las víctimas, porque la víctima está en su proceso de duelo”.

Como amablemente le señalaron el resto de contertulios a lo largo del programa, su opinión traducía el prejuicio de generalizar los efectos que la nefasta gestión de la Dana de Valencia en 2024 tuvo sobre la opinión acerca de los políticos y la política, y considerar que se trata de una posición definitivamente consolidada y generalizada en la población. Que el Estado funcione, que los servicios públicos respondan a la altura de la situación en que se encuentran quienes en ese momento los necesitan, por supuesto que es reconfortante para las víctimas de una catástrofe. No, por supuesto, en el minuto cero de la misma, cuando está sucediendo, pero la respuesta de los representantes políticos cuando la tragedia acaba de suceder, si es inmediata, coherente, coordinada y puesta absolutamente al servicio de los afectados y no de otros intereses, claro que es reconfortante, balsámica y sanadora, como decían en la mesa, para los afectados y para toda la población, o casi toda. Y reconcilia con la apuesta por la vida en democracia.

Era llamativo que esta lectura, compartida por el resto de periodistas en la mesa, de los efectos sobre el lazo social del comportamiento de los representantes políticos, especialmente en un momento de crisis, la experta psicóloga no la contemplaba. Atender esta dimensión es una interrogación pertinente y lúcida acerca de dicho lazo social en el momento actual de la política en España, en Europa y en el mundo. Momento en el que la extrema derecha plantea sin pudor alguno que el Estado sobra, que sobran los servicios públicos. Y se propone sin vergüenza alguna la sustitución del lazo social por las relaciones de servidumbre. Y lo que inquieta de una posición que podemos considerar técnica, profesional, es su proximidad a los pronunciamientos y la posición de la extrema derecha en este asunto. El punto en común es la deshumanización, que no es sin consecuencias.

La psicóloga quería hablar sobre las víctimas en shock y lo hizo, “[…] nosotros utilizamos la palabra, a través de la psicología se producen cambios en el ADN, ¿vale?, a través de las palabras se producen modificaciones en el pensamiento […] sabiendo qué palabras hay que decir, para qué parte del cerebro estamos tocando, porque, qué sucede cuando tenemos una situación como esta, que las víctimas salen del tren en estado de shock, como zombis. ¿Qué les pasa?, que tienen la amígdala secuestrada se llama, ¿vale?, la parte más interna de nuestro cerebro no es capaz de saber qué está pasando, qué está entendiendo y nuestras emociones se han quedado encapsuladas, congeladas” […] “desde los medios de comunicación, desde la sociedad que lo vemos en la distancia, que no estamos con ese shock emocional, podemos ver las cosas desde otra estructura cerebral, que es el neocórtex, podemos racionalizar, podemos interpretar, nos estamos proyectando hacia el futuro”. Y respecto a la opinión de la población sobre los políticos, en el momento actual, lo planteó así: es que “…en psicología se da algo que se llama efecto de recencia y efecto primacía. O recordamos muy bien el primer acontecimiento o el último y este último ha sido hace solo un año y tres meses”. Ya está.

Fue una lección acerca de una concepción del ser humano que ya se ha generalizado. Mientras, el programa iba mostrando testimonios de personas que hablaban desde la singularidad de su experiencia vivida. Como señalaba Yves Vanderveken en el argumento de PIPOL 9: “El materialismo cognitivista, y su creencia de que el hombre es una máquina de tratar información, han encontrado en el cerebro su objeto mayor”(3). La neurociencia ya no es neurología, “…su objeto no se limita ya a los daños neurológicos o al llamado desarrollo de la inteligencia. Todas las dimensiones del ser y del pensamiento son ahora objeto de su estudio. Afectos, sentimientos, neurosis, sexualidad, amor, odio y felicidad- nada queda fuera. […] El cerebro se presenta como el denominador común “natural” de la suposición que lo psíquico es cerebral”(4).

Se promueve y anima “la identificación del ser hablante a su organismo”(5), con su cerebro, operación que personifica al órgano a la vez que borra el sujeto, un sujeto que lejos de reconocerse idéntico a sí mismo, quizá pueda, si consiente, reconocerse en la singularidad de su goce. Ese borramiento tiene un efecto de deshumanización, de eliminación de lo que precisamente hace humano al humano. Y esta deshumanización va pareja de dos movimientos propios de nuestra época; la reivindicación del derecho a gozar, solidaria del ascenso del objeto al cenit social, al “socielo” como dice Jacques-Alain Miller, y un anhelo, casi una exigencia de ser liberados de la responsabilidad respecto del modo de amar, de gozar y de decir, que le es propio a cada sujeto.

Si la “década del cerebro”, proclamada por el Instituto Nacional de la Salud Mental americano para los últimos diez años del siglo XX, fracasó en sus pretensiones científicas, ha tenido un éxito propagandístico innegable, lo “neuro” se ha impuesto en numerosos campos de la vida, está por todos los lados: en los medios, en la economía, en lo social, en la educación y desde luego en salud mental, también en la cultura en su sentido más extenso.
Pero esta personificación del órgano en el interior de cada uno —que encontramos constantemente cuando escuchamos en los medios decir a algún psicólogo o neuropsicólogo, “…nuestro cerebro nos dice, o nuestro cerebro nos está diciendo…”—, este personaje-cerebro dentro del hombre que parece recién llegado, remite directamente al homúnculo de Penfield, como señala Lacan “el famoso hombrecillo que lo gobierna, el conductor del carro, el punto de síntesis, como se dice ahora. Este hombrecillo ya fue denunciado en su función por el pensamiento presocrático”(6).

Una reciente novela(7), a modo de thriller, publicada en España en 2025, muestra bien cómo el discurso neuro ha calado en la cultura, en este caso en la construcción y caracterización de los personajes, pero también en el desarrollo de la trama y en su desenlace. Un libro sobre el poder salvador del amor en una sociedad donde lo adictivo comanda gran parte de la vida de los personajes.

Uno de los dos personajes principales es una mujer presentada siempre por la autora en tercera persona. Se trata de una mujer joven, periodista, que a lo largo de la novela transitará de una posición de desapego y desenfado en lo que hace a las relaciones amorosas —“Maia necesitaba hacer el amor frecuentemente. Regulaba su estado de ánimo y le daba energía. … Conocer a un hombre, en el sentido profundo, no la atraía”—, a enamorarse, tras una serie de peripecias en las que su vida llega a correr serio peligro, de un hombre que <con su aspecto de perro apaleado, sus ojos cálidos tranquilos>… Le había provocado ternura”.

Este hombre —que acude durante años a un parque a observarla, durante unos instantes, sin hacerse nunca presente para ella—, y cuya vida discurre a lo largo de la novela en paralelo a la de la mujer hasta que se encuentran, es presa de una grave adicción a un nuevo objeto de la ciencia, un “cristal centelleador” producido de un modo anómalo en la sede del CERN en Ginebra. Abrumado por su adicción, al punto que solo vive para ella, se interroga acerca de lo que en su vida ha podido conducirle hasta ahí, pues la vida se le hace insoportable sin dicho objeto.

En un momento crítico, la cuestión se resuelve de golpe tras la consulta a un neurólogo: —“Usted no es responsable. No es culpa suya. Es usted víctima de una lesión neurológica” … “¿No es una depresión?” pregunta, “No, no es una depresión”.

Y entonces, dice el personaje, “Pensé en la frase de san Juan: «La verdad os hará libres». Había tanta negrura contenida en mí desde mi más tierna infancia… Así pues, saber que era víctima no de esa angustia, sino de una materia tóxica salida del CERN, me proporcionaba un verdadero alivio. No era depresivo, sino que estaba enfermo”.

Un poco más adelante tenemos la solución a la enfermedad, otro personaje, científica del CERN que se contaminó en el proceso de producción del cristal, explica por qué ella ha podido resistir a la adicción: “Afortunadamente, al ser química tengo acceso a ciertas sustancias que ayudan al cerebro a mantenerse. Si quiere —me dijo— luego le daré una pastilla que le sentará bien”.

Magnífico ejemplo de la errancia del individuo moderno con una posición de creencia religiosa, de fe en la verdad de la ciencia donde cree poder hallar una respuesta a la necesidad de una garantía respecto de su ser, falla absoluta e ineludible que habita al ser hablante. Pero lo que encuentra es deshumanización, cada vez más descarnada por su sometimiento a la cuantificación y a la técnica y por la reducción de su ser a la cifra. “[…] la cifra de cuantificación es la garantía del ser. Ahí reside la incidencia de la ciencia sobre la ontología”(8). Hay entonces la elección entre dejarse ir en esa deriva o apostar por su singularidad. “El síntoma, ya sea individual o social, lo sabe. Más aún, lo dice”(9). Nuestro cerebro no dice nada.

En esa singularidad se trata precisamente del deseo y del modo de goce propio de cada ser hablante y precisamente ahí “nosotros tenemos también un proyecto: el de proponer una experiencia que permita una escritura que dé un “punto de anclaje de la singularidad de goce”(10). Este proyecto es una elección ética. La que se basa en este punto de falla para hacerse responsable de ella, orientándose en la vida por la lógica del síntoma, a distancia de las ilusiones de las identificaciones”(11).

“Hacer la hipótesis ética del inconsciente del psicoanálisis, de otra escena en la que al sujeto le cuesta reconocerse idéntico a él mismo, tiene consecuencias en la relación a lo humano”(12).

Jesús Sebastián


  1. https://www.rtve.es/play/videos/especiales-informativos/tragedia-ferroviaria-adamuz-19-01-26/16901234/
  2. En la línea de alta velocidad que une Madrid y Andalucía.
  3. Yves Vanderveken, 5e Congreso de la EuroFederación de Psicoanálisis. PIPOL 9 El inconsciente y el cerebro. Nada en común. “El argumento” en https://www.europsychoanalysis.eu/congres-pipol-9/?lang=es
  4. Ibid
  5. Laurent, É., El reverso de la biopolítica, Buenos Aires, Grama, 2016, pág. 13.
  6. Lacan, Jacques. El Seminario, libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires 1987, p. 147.
  7. Divry, Sophie. Fantástica historia de amor. Madrid, Nórdica 2025.
  8. Miller, Jacques-Alain. Todo el mundo es loco. Buenos Aires. Paidós, 2015. Pág. 139.
  9. Vanderveken, Yves. https://elpsicoanalisis.elp.org.es/numero-33/pipol-9-el-inconsciente-y-el-cerebro-nada-en-comun/#_ftnref4
  10. Laurent, Éric. El reverso de la biopolítica, Buenos Aires, Grama, 2016, pág. 25. Citado por Yves Vanderveken Ibid.
  11. Vanderveken, Yves. Ibid.
  12. Vanderveken, Yves. PIPOL 9 El inconsciente y el cerebro. Nada en común. “El argumento” en Óp., cit.