Texto de la Conferencia realizada en el marco de las actividades del Seminario del Campo Freudiano. Antena Clínica de Valencia

22 abril 2026

Miguel Ángel Vázquez:

Buenos días. Bienvenidos a la segunda conferencia clínica en el Hospital Universitario y Politécnico La Fe. El título que nos dio Esthela Solano es “Aquello que hablar quiere decir”.

En primer lugar, quiero agradecer a Esthela Solano su amabilidad e interés, al aceptar nuestra invitación para venir a Valencia a hacer dos actos en este hospital: uno una Presentación Clínica que se ha hecho esta mañana, dentro de las actividades de formación para los residentes de psicología clínica y psiquiatría, en la que también han participado facultativos y personal sanitario de Salud Mental y alumnos del Seminario del Campo Freudiano en Valencia. En segundo lugar, la conferencia que vamos a escuchar ahora.

Quiero agradecer también al Servicio de Psiquiatría y Psicología Clínica del Hospital La Fe y, en particular, al jefe del servicio el Dr. Alberto Domínguez, por haber dado lugar a estas actividades.

También quiero agradecer a la Unidad de Hospitalización Domiciliaria Psiquiátrica y en particular al Dr. Javier Plumet, quien ha hecho posible la presentación de esta mañana y también al equipo de esta unidad.

Bien, “Aquello que hablar quiere decir”. ¿Qué relación tiene este título con la práctica clínica cotidiana en el campo de lo que en este entorno denominamos la salud mental? Cuando hablamos del sufrimiento humano, del malestar, de la enfermedad mental, del sinsentido que conlleva el sufrimiento psíquico, etc.

En primer lugar, encuentro que hay una relación directa en el hecho de que habitualmente hablamos con los pacientes cuando los atendemos, o al menos todavía –cada vez se habla menos y se utilizan otras vías que no son presenciales. Pero por ahora hablamos con los pacientes a la hora de atenderlos y los pacientes nos hablan para transmitirnos sus malestares y su dolor.

El título que Esthela Solano nos dio apunta a que la función de la palabra y el campo del lenguaje como estructura, nos permite orientarnos en el campo de los síntomas. ¿De qué manera? Ella lo señaló en el argumento que nos envió de su conferencia del que extraigo un fragmento que voy a leer para los que no lo hayan leído todavía.

“Freud, neurólogo de formación, atendió a histéricas graves usando en un primer momento la hipnosis que estaba de en auge a finales del siglo XIX. Escuchándoles y teniendo la precaución de seguir el hilo de lo que ellas decían, fue guiado por ellas hacia otra dimensión de la palabra, la dimensión del inconsciente. Las pacientes le abrieron a Freud un espacio epistémico nuevo, el espacio del inconsciente. Con este descubrimiento emerge el psicoanálisis. Lacan, siguiendo la traza de los aportes freudianos, postulará una definición –que Esthela Solano califica de luminosa– El inconsciente está estructurado como un lenguaje, los síntomas hablan, los sueños dicen algo, los actos fallidos expresan una verdad desconocida para el sujeto. Esta perspectiva comporta una concepción de la palabra y el lenguaje que es nueva. Es el instrumento de trabajo en la práctica psicoanalítica. Pero los que hemos asistido a la presentación clínica, hemos podido comprobar que es también un instrumento de trabajo en la exploración de los síntomas, de la sinrazón, del delirio, de las alucinaciones, de la persecución paranoica, del sufrimiento melancólico.

¿Cómo servirse de este instrumento prodigioso en la práctica? “

Dejo la presentación en esta pregunta que Esthela Solano plantea para dar lugar a su conferencia. Aunque antes, voy decir algunas palabras para presentar a nuestra ponente:

Esthela Solano es psicoanalista, miembro de la École de la Cause Freudienne y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, diplomada en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, donde comenzó su práctica psicoanalítica y también desarrolló la función de docente en las cátedras de Psicología General y de Historia de la Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba, en su Facultad de Psicología. En 1974, viaja a París, donde reside hasta la fecha. Obtuvo el máster de psicología clínica y psicopatología en la Universidad Louis Pasteur de Estrasburgo. Se formó con Jacques Lacan, con quien se analizó y realizó su práctica de control. Fue docente de la sección clínica de la Universidad París 8. Participó en la práctica de presentación de enfermos durante 15 años en el Hospital Les Mûrets, en el marco de la sección clínica de París 8, como también en la enseñanza y elucidación clínica de Jacques-Alain Miller y también participó durante años en la presentación de enfermos junto con Jacques-Alain Miller y Éric Laurent en el Hospital militar de Val-de-Grâce de París. Ella viaja por diferentes lugares del mundo, Latinoamérica, de Europa, Italia, etcétera, y también hoy en Valencia.

Ha publicado una gran cantidad de artículos en muy diferentes revistas, ha sido coautora en muchos libros, ha escrito, entre otros La clínica lacaniana; otro es Tres segundos con Lacan, donde da cuenta justo de su experiencia en su análisis con Jacques Lacan —que recomiendo a todos los que estén interesados en este campo—, El cristal de la lengua es otro. También ha prologado algunos libros, entre ellos uno que salió el año pasado, La psicosis y el autismo en la clínica actual y otro que se ha publicado en España, Delirios y debilidades.

Bien, entonces,  paso la palabra a Esthela Solano.

Esthela Solano:

Bueno, gracias, Miguel Ángel, gracias por la invitación. Gracias al servicio que nos acoge en este lugar, en el Hospital La Fe. Gracias al doctor Alberto Domínguez y gracias al doctor Javier Plumet. Gracias a vosotros que estáis aquí.

Bueno, bien. He preparado un papel, he preparado algo. He escrito un caminito que quiero seguir. Lo he preparado para los jóvenes. Me dirijo a ellos. Mis colegas ya tienen muchos años de caminata, o sea que no pensé en los colegas, pensé en los jóvenes.

Somos hablantes. Es un atributo que nos caracteriza. Somos seres hablantes. Me objetarán con razón que no es nuestro privilegio para quienes somos considerados humanos en oposición a otros vivientes que son identificados como perteneciente al reino animal. Quien tiene en su casa una mascota, que es mi caso, podrá objetarme que ellas hablan. Sí, nos hacen comprender que es hora de pasear, que es hora de comer, que es hora de jugar, que es hora del cariño, de un mimito. En efecto, hablan. Lacan habla en uno de sus seminarios y no en cualquiera, el Seminario consagrado al tema de la identificación, habla de su perra que se llamaba Justine y dice al respecto que Justine se comporta hacia él cuando él llega a su casa de campo como una verdadera enamorada. Requiere acaparar su atención, obtener un lugar privilegiado en el salón, sentarse al lado de él. Y por lo cual, Lacan acuerda que Justine habla, pero dice, “Justine no se equivoca porque no me toma por otra persona. No me atribuye afectos, significaciones, intenciones cuando se relaciona conmigo. No me confunde con nadie. Soy yo y seré yo siempre igual para ella, sin equivocación.” Es decir, que para Justine el principio de identidad de su amo es inquebrantable. Habla, pero no está en el lenguaje. Es decir, no puede componer metáforas ni metonimias, ni dirigirle a su amo un ladrido poético.

Entonces, los seres hablantes hablamos, pero nuestra palabra se articula en la estructura del lenguaje. Hablamos porque hemos sido hablados. Primeramente, antes de nacer se habló de cada uno de nosotros como del ser a venir. Hablaron de ella o de él antes de que naciera. Hablaron atribuyéndole atributos, un polo de atributos negativos o positivos.

Una función que es fundamental y que precede nuestra venida al mundo es el deseo de nuestros progenitores, lugar que hemos ocupado para ellos antes de nacer como un objeto deseado o no, como una maravilla o como algo inoportuno y molesto, como algo que colma una expectativa o que surge en el curso de la historia de una vida como un objeto de más en la medida en que, en la subjetividad del Otro, materno o paterno, no existió un lugar vacío, una falta para alojar el ser que venía al mundo.

Primer punto.

Segundo punto, si antes de nacer hablan de cada uno de nosotros, cuando nacemos seremos hablados. ¿Quién nos hablará? En principio, la persona que ocupará el lugar de la madre, biológica o no. Ella interpreta. Entonces, la relación fundamental se establece con un Otro primordial que es un ser hablante. Hay un programa preconcebido para cada uno de los hablantes, que indique a quién ocupe el lugar de madre, lo que se debe hacer. El encuentro de quién ocupa el lugar de madre con un bebé o con un niño, una niña es siempre un encuentro complicado porque el programa no está inscrito como para los animales. La madre animal, mamífera, amamanta, limpia sus cachorros y llegado un momento se lo saca de encima cuando ya los cachorros están en condiciones de comer alimentos sólidos, ella misma le da unas pataditas para “Basta, se terminó”. Y está ordenado. Que lo sepamos, no hay cachorros autistas porque el programa natural está inscrito en el organismo.

Eso no ocurre con los hablantes. Cada madre tiene que inventar su ser madre y no de una vez para siempre, sino con cada hijo. ¿Qué hace ella? Interpreta el llanto. Primer punto, lo interpreta como un pedido, como un pedido que implica “Ven a satisfacer una necesidad. Tengo hambre”. O bien, “Ven a ocuparte de mí porque me duele la barriga” o “Ven a ocuparte de mí porque no logro dormir”. En fin, la madre interpreta el llanto dándole una serie de significaciones en función de las cuales ella responde y de esa manera hace pasar el llanto al estatuto de una demanda porque ella es hablante y deseante. Introducen la relación madre e hijo las palabras, es decir, teje un envoltorio de lenguaje que recubre al niño. Inscribe la satisfacción de la demanda en una cadena de palabras. Otorga significaciones al signo de malestar del bebé.

Una vez que ella instituye la demanda y opera como agente de la respuesta, inscribe al mismo tiempo una demanda que es demanda de otra cosa, no solo de alimento. Es una demanda que implica la demanda de su presencia y de su respuesta. En este momento no se trata de que ella venga para dar lo que tiene a mano, un biberón o el seno, sino que esta demanda de su presencia implica que ella dé lo que no tiene, lo que le falta, lo que ningún objeto puede satisfacer, pero que implica el signo del amor de ella hacia el niño.

Al mismo tiempo, ella por ser deseante, introduce para el niño la pregunta sobre el deseo de ella. Cuando ella no viene, cuando ella no responde, cuando ella no está conmigo, ¿qué es lo que la retiene fuera de mí? ¿Qué es lo que le interesa fuera de mí? ¿Qué es lo que ella espera de mí? ¿Qué es lo que ella quisiera que yo fuese para ella? Toda esa dialéctica de la relación del deseo del Otro y del deseo con el Otro es fundamental en la constitución de una estructura subjetiva.

La no respuesta sistemática al llanto, la sordera relativa al llanto o la decisión empecinada de no ceder ante su llanto puede ser nefasta, puesto que el momento en que el niño llora y que espera una respuesta, solicita una respuesta. La no respuesta lo deja en una situación de desamparo porque lo característico del bebé humano es que nace prematuro, no tiene la posibilidad de a los dos meses, al mes de nacer, de levantarse de la cuna, de ir caminando hacia donde está la madre para reclamarle. La prematuridad humana implica durante un largo tiempo una posición de desamparo fundamental y la no respuesta de la madre implica una suerte de desaparición en un agujero sin nombre.

Lo más importante cuando ella le habla es que ella lo introduce en la lengua, no cualquier lengua, la lengua que ella habla y porque ella la habla se llama lengua materna. La madre, además es una mujer, generalmente. Hoy en día la reconfiguración moderna de las familias puede implicar hoy que sea un hombre que asume la posición materna, lo cual no quiere decir que por eso se transforma en mujer. Puede ser un hombre que asume formidablemente bien y de acuerdo con lo que yo he constatado de manera amorosa y delicada la función materna. En ese caso, él habla y le interpreta al niño, lo frustra, lo ama, desea algo más allá de él e introduce al niño en la lengua materna más allá de la sexuación, de ese de esa relación primordial, de esa pareja primordial del niño con la persona, con el ser, con el Otro fundamental.

Ahora bien, la hipótesis a la cual el psicoanálisis nos introduce y como extraída de la experiencia clínica es que la lengua materna deja trazas. ¿Dónde? En el cuerpo. ¿Cómo? Pues bien, de la lengua escuchada primordialmente, ¿qué hemos escuchado? Sonidos, la sonoridad de cada lengua, que es diferencial. Cada lengua tiene su propia sonoridad, pero esa sonoridad primitiva es fuera de sentido. No comprendemos la gramática ni la sintaxis de la lengua que escuchamos, solo la sonoridad. Con esa sonoridad, el niño tempranamente juega y es el juego del laleo. Cada bebé se distingue de otros que no hablan la misma lengua en la distinción de los sonidos del laleo. Ese laleo es jubilatorio. Es decir, en el momento en que el niño se apropia de los sonidos escuchados para reproducirlos, es un momento de jubilación, de alegría.

Estos sonidos es lo que los lingüistas, haciendo de la lengua un objeto de estudio, los lingüistas han identificado como significantes. El significante es lo que se oye a nivel sonoro. Con esos sonidos se construyen las palabras en la medida en que son ordenados según las prescripciones y las leyes de cada lengua. Se construyen palabras y se construyen frases y se construyen discursos. A nivel sonoro, es la unidad del sonido diferencial que nos permite construir una cadena significante, es decir, una cadena de sonidos que quieren decir algo. Pero hay una distinción entre lo que se escucha a nivel sonoro y lo que esa sonoridad quiere decir. Es lo que los lingüistas han diferenciado como del orden del significante y el orden del significado.

Significante se escribe con S mayúscula y el significado con s minúscula, ambos separados por una barrera, lo cual indica que no hay una correspondencia unívoca entre un sonido y un sentido, que puede ser un sonido, puede tener varios sentidos, una pluralidad de sentidos. Y con estos sentidos estamos en el en el registro de la significación, es decir, de lo que eso que hemos escuchado quiere decir. Lo que quiere decir siempre es muy equívoco. Por ejemplo, si yo digo “un nombre”, podréis entender que he dicho, podréis entender que para algunos dije “un nombre”, para otros que dije “un hombre”. Depende del contexto de la frase que quiera decir una cosa o la otra. Y este es un ejemplo de un equívoco homofónico.

La lengua nos engaña porque está llena de equívocos homofónicos. La diferenciación cuando estamos frente a un equívoco homofónico, lo que nos permite diferenciar es la escritura, es decir, la ortografía.

La lengua no se aprende, no vamos a cursos de lengua cuando nacemos. La lengua la incorporamos, va a formar parte de nuestro cuerpo, la incorporamos por las orejas, que es uno de los orificios del cuerpo cuya característica es que nunca se cierra, al menos que nos tapemos las orejas. Gesto fundamental del niño autista: taparse las orejas porque los sonidos de la lalengua son invasores y perseguidores porque esos sonidos no están civilizados; contrariamente al niño que se incorporó, que incorporó la lengua, que incorporó el sentido amoroso de la lengua y que incorporó lo que implica la lengua a nivel del deseo. Qué satisfacción de mamá cuando escuchó decir al niño su primer “mamá”. “Oh, ¡me nombró!” O “papá, papá”, “Ah, dijo papá.” ¿Creen que dijo papá? Repitió, repitió una cadena de sonido, pero le damos la significación. “Ah, dijo papá”, y lo introducimos en la cadena de las significaciones. El laleo quiso decir papá y lo extraemos del laleo hacia la función de la palabra. Es prodigioso, es un milagro y ese es el milagro que nos habita íntimamente.

¿Qué hemos incorporado? Hemos incorporado palabras dulces, hemos incorporado enigmas, cosas que mamá dijo y no sabemos qué quiso decir. Hemos incorporado cosas que escuchamos al revés, que escuchamos mal y hemos incorporado insultos. Tuvimos un ejemplo recién. Reproches, palabras que marcan, pero en el sentido de descalificación, de odio. Hemos incorporado algo del odio de la lalengua materna. Y lo que es interesante es que cuando se sigue una experiencia de análisis propiamente dicho, todo el rollo con mamá, con papá se clarifica el punto en que podemos escuchar que fueron malentendidos propios a la lalengua que le atribuimos a ella o a él. Finalmente, el estrago materno se esclarece cuando ella dijo tal cosa y yo la entendí al revés por los equívocos de la lengua.

Bien, no me detengo más.

Bueno, ahora bien, ¿cómo es posible que tengamos un cuerpo? Nacemos con un cuerpo orgánico, un cuerpo anatómicamente diferenciado, masculino o femenino. Pero eso no implica que, llegado el momento vamos a decir: «Este es mi cuerpo, diferente del cuerpo de mi hermana, de mi hermano, de mi madre, de mi padre”. El cuerpo como imagen, como unidad, se adquiere en un momento privilegiado de la vida del infante. Es lo que se llama el momento del estadio del espejo, que es algo que estudió un psicólogo Wallon y sobre lo cual se detuvo Jacques Lacan. Es algo que ocurre a los 6-8 meses de vida, cuando el infante frente al espejo está en brazos de una persona que lo sostiene. Se mira en el espejo, se torna hacia la persona que lo sostiene, regresa a la imagen que el espejo le devuelve y ríe con una alegría extrema y repite la misma operación buscando exactamente que la persona que le sostiene le diga: «Sí, sí eres tú en el espejo.»

Es el momento en que se construye el yo que se construye la idea de que esta unidad es mía, este es mi cuerpo. Es una construcción ortopédica en la medida en que se hace, se produce gracias a la reflexión que nos procura el espejo. Y esto es lo que construye el eje imaginario de nuestro “Yo soy”. No basta con el eje imaginario para que esta imagen unificante se sostenga. Es importante que sea sostenida por un eje simbólico, es decir, por un significante, un significante que es como un pilar que sostiene este espejismo de la imagen.

Constatamos hoy en la presentación de que para esta persona hubo un momento, esta paciente hubo un momento en que la relación con su propio cuerpo se rompió. Hubo una caída del cuerpo, una imposibilidad de usar el cuerpo como un instrumento, como lo hacemos. Lo usamos como un instrumento y lo tratamos como si fuera, como dice Lacan, lo tratamos como un mueble. Ale, ponte aquí, ven para allá, corre, trabaja. Y es porque creemos que lo tenemos, que lo poseemos. Es decir, poseemos la imagen, pero lo real del cuerpo nos es completamente extranjero.

¿Qué es lo real? Lo real de la vida del cuerpo, que está vivificado en la medida en que estamos enamorados de nuestra imagen. Es un amor eterno, salvo si hay una perturbación mayor con esta imagen y odiamos la imagen en el espejo porque a través de nuestra imagen estamos odiando a otra imagen y detrás de esa imagen a otra imagen y es sin fin. Pero normalmente el ser hablante adora su imagen y como adora su imagen, va a adorar otras imágenes que son su propio reflejo.

Pero no solo es imagen el cuerpo. El cuerpo es algo cuya vida no nos pertenece. No podemos apropiarnos de ella en la en un querer dominarla: que no se vaya, que no se marche. Podemos querer dominarla eliminándola. El suicidio es un hecho, es una forma de dominar la vida porque como una decisión suprema de aniquilación, pero dominar al punto de que nunca se acabe, hasta ahora los hablantes no lo hemos obtenido, aunque hay muchos trabajos que van en ese sentido de una vida eterna. ¿Sería soportable una vida eterna? Lacan llegó a formular que soportamos la vida porque la muerte es un acto de fe en la medida en que sabemos o creemos saber que hay algo que llegará un día para cada uno a título de muerte.

Pero dejemos de lado de la vida la cuestión de la muerte. Hablemos del cuerpo que no es solo imagen especular. Hay un cuerpo que goza. “Goza” es otra cosa que el cuerpo del placer. El cuerpo del goce es una suerte de placer que está más allá del placer y que puede implicar dolor. El cuerpo se goza, se goza desde muy tempranamente. La boca que succiona, goza. Las orejas que oyen, gozan. La mirada goza mirando o siendo mirada. El niño cuando está introducido en el lenguaje y que se le pide que deje su excremento en una vasija y no en el pañal, gozará reteniéndolo u otorgándolo. Dará satisfaciendo a la madre o frustrándola. O sea, que es otro tipo de goce. El cuerpo se goza en la pulsión y esto es lo que está en juego en la palabra misma porque hablar es un modo de gozar.

¿Cómo llegó Freud a esta historia? Como Miguel Ángel lo recordó, inscribiéndose en la tradición psiquiátrica, se interesó no en la psicosis, sino en estos síntomas que se presentaban como parálisis, como cegueras, como convulsiones y que no tenían ninguna explicación orgánica. Los síntomas calificados como síntomas histéricos. No encontramos ya este tipo de patología en la histeria. La histeria a la Charcot quizás en algunos lugares muy de campaña o muy fuera de las grandes civilizaciones, se los toma aún como cuerpos poseídos por el demonio y sometidos a curaciones.

Freud empezó como hipnotizador. ¿Y por qué paró la carrera de hipnotizador? Porque hipnotizaba histéricas con un colega que se llamaba Breuer y estaban tratando una histérica muy grave. Y un día la histérica en estado de hipnosis comenzó a decir que estaban naciendo, llegando el hijo de Breuer. Es decir, que había hecho bajo hipnosis un embarazo histérico. El famoso Breuer se asustó tanto que no quiso saber más nada con la paciente y le dijo a Freud que se ocupara él y nunca más practicó hipnosis ni se ocupó de histéricas y se marchó con su esposa de viaje a Venecia para sacarse esta dificultad. Como Lacan lo recuerda, curiosamente, la mujer que no podía quedar embarazada en ese viaje a Venecia quedó embarazada.

¿Cómo entiende Lacan la cuestión? La histérica bajo hipnosis realizó el deseo del médico. Así de simple. Lo cual indica que, en una relación de transferencia con el médico, la histérica enseñó y a Freud también luego con el caso Dora, de que había una relación de amor que se llama transferencia, que es un instrumento para la apertura del inconsciente. Pero eso implica que el médico no crea que él es irresistible y que realmente la paciente se enamoró de él. Ese es otro tema. No vamos a entrar en la transferencia.

El hecho es que Freud llegó conducido por las mujeres y las mujeres histéricas, fue conducido a una demostración que los síntomas dicen algo, pero que dicen algo que no habla como en el lenguaje consciente, que dicen algo que está estructurado como un lenguaje a descifrar, como un acertijo, como un enigma, como un chiste, como un lapsus, como un acto fallido.

Lacan, en su retorno a Freud, observó que Freud, antes de que existiera la disciplina lingüística, ya había descubierto que el inconsciente está estructurado como un lenguaje y que se trata de escuchar a la letra lo que dice el paciente para descifrar el síntoma, pero escuchar a la letra quiere decir que no voy a tratar de comprender lo que me dice. No trataré de encontrar la significación. Trataré de oír en los sonidos, en los dichos, otra cosa que aquello que se quiere decir con la intención de significación, es decir, orientarnos por el sonido, el equívoco y no por una significación.

Esta es la advertencia fundamental que Lacan dirige a los clínicos y sobre todo aquellos que se ocupan de psicóticos. Comenzad por no creer que comprendéis lo que el paciente le dice, porque es en ese camino que vos os vais a extraviar. Por ejemplo, evoca un caso. Hace cierto tiempo encontró un paciente que había entrado en un mundo extraño. Para ese paciente, de repente todo le hablaba, todo le hacía signo. Se sentía espiado, observado, vigilado, pero también lo miraban, sonreían cuando él pasaba por la calle, incluso el pasaje de un coche rojo al lado de él, en el momento en que él quiso cruzar la calle, no le era una casualidad. Eso quería decir algo. Es decir, que en este caso hay una invasión de significación. Eso quiere decir algo y está dirigido a mí. Pero ¿qué quiere decir? Él no lo sabe. Es decir, hay una certeza, eso me concierne, pero hay un enigma, una x indescifrable que forma parte de la perplejidad. Es decir, esa es la experiencia del fenómeno elemental porque estar seguro de que el coche rojo le dice algo, eso implica lo que Lacan llama una interpretación elemental. Eso significa algo que lo concierne, pero no es capaz de verbalizar, de encontrar la significación de lo que eso quiere decir.

Entonces, la pregunta que debemos formularnos cuando escuchamos a alguien es quién habla. Sobre todo, cuando escuchamos a un paranoico, en la medida en que uno de los fenómenos característicos de la paranoia es la alucinación verbal.

Un psiquiatra francés de apellido Séglas escribió un libro que se llama Lecciones clínicas indicando lo que él había observado en los paranoicos alucinados, sufriendo de alucinaciones verbales. Remarcó que en ellos podíamos percibir de forma evidente o menos notable que cuando estaban articulando sin saberlo era cuando escuchaban las voces. Es decir, que ellos mismos articulaban lo que escuchaban como una irrupción de una voz exterior. Y eso provocó una pequeña revolución, ese descubrimiento, al poder explicar que la alucinación verbal no proviene de una fuente exterior que implica escuchar la voz, la voz que se introdujo desde el inicio por nuestras orejas.

¿Cómo puede ser que siendo así la mayoría no seamos no estemos alucinados? Lacan escuchando en una presentación de enfermos a un japonés que tenía un delirio de persecución y que había creado un neologismo, Lacan explicó después de esa presentación: “Pero él es normal”. Nosotros no somos normales porque hemos sido hablados. La voz, los sonidos de la lengua materna se introdujeron en nosotros por las orejas. ¿Cómo podemos creer que cuando pensamos, pensamos por nosotros mismos? Pensamos porque hemos sido hablados y esas palabras, aunque no las pronunciemos nos habitan a modo de pensamiento. Él es normal porque él demuestra de que la lengua proviene de afuera y entonces nos habita la lengua, nos parasita, es un parasitismo y ese parasitismo se inscribe como un saber que nos escapa en el caso de la neurosis. Y ese saber que nos escapa es el que se descifra, el que se elabora en un psicoanálisis.

En cambio, en la psicosis no hay posibilidad de elaborar un saber que suponemos. Por ejemplo, si vamos a pedir a un psicoanalista una cita, vamos a suponer que el analista nos va a dar la posibilidad de acceder a lo que quiere decir mi angustia, mi insomnio, mis pensamientos compulsivos, mi dificultad para dormir. Hay una suposición de que eso quiere decir algo y efectivamente ese “quiere decir algo” remite a un saber que nos escapa, pero que está inscrito como traza sonora.

En cambio, en la psicosis remite a esta suposición de saber. Laura sabía que su madre tenía la intención, el deseo y la voluntad de matar a su padre. Laura no pudo establecer una relación entre la caída de su cuerpo y la pérdida, yo diría, del dominio de su motricidad con el desencadenamiento de las alucinaciones después del episodio de la caída cuando tuvo que asistir a un anciano cuyo cuerpo estaba mutilado y que ella no pudo asistir. Nada tiene que ver con nada. “Eso fue. Estoy bien, soy fuerte y valiente. Aquello ya pasó”. No pudimos lograr una elaboración, una dialectización del fenómeno. Hay una congelación de eso que ocurrió que no tiene nada que ver con lo que sea. O sea, que hay un momento en el que ocurre que aquello que sostenía al sujeto se rompe y se rompe marcando un antes y un después. Eso es lo que se llama el acontecimiento de desencadenamiento de una psicosis que siempre tratamos de explorar.

Pero hay psicosis en las que no encontramos un acontecimiento de desencadenamiento. Hay ciertos tipos de psicosis que no tienen prehistoria. Una serie de fenómenos que tenemos la impresión de que estuvieron siempre ahí, que no hubo un antes y un después. O sea, que hay continuismo y hay discontinuidad.

Y bueno, la cuestión es cómo explorar, cómo escuchar, qué idea podemos hacernos de las posibilidades de un sujeto, a pesar del tsunami que ha vivido, pueda tener medios o recursos para inventar no una solución, pero lo que se llama una suplencia que le permita sostenerse en la vida de un modo inédito. Cada suplencia es algo muy singular. Una suplencia no la podemos sugerir. No podemos educar un sujeto psicótico a construirse la suplencia. Es una cuestión de tener en cuenta cuáles son los mínimos, ínfimos elementos, palabras, sonidos que indican que en ese rincón oscuro hay quizás algo de la palpitación efímera de algo de la vida. Es lo que tratamos de buscar.

Es lo que quise buscar hoy. No lo encontré. Se me ocurrió al final cuando me habló del médico y de un sentimiento de transferencia muy positiva hacia el doctor que se ocupa de ella. Me pareció que en este momento para ella es el único soporte vital porque él va a su casa, él la escucha, él la visita, él se ocupa de ella y por eso se sentía infinitamente agradecida. Como no sabía cómo le iba a pagar, ahí inventé algo, pero era para cómo le puedo pagar. Es una deuda infinita que puede ser también. Ella no paga sus entrevistas al médico, es pagada por la obra social. Por eso es importante el pago, el pago de las entrevistas, aunque sea algo, aunque sea simbólico, que algo se pague para no quedar en una deuda infinita que crea no solo culpabilidad, sino que también puede ser fuente de un pasaje de la transferencia positiva a una transferencia persecutoria o a una transferencia erotomaníaca. Por eso se me ocurrió a ver qué puede ella retribuir esa atención con algún gesto de su parte. Es que, si sabía cocinar, a lo mejor —¿por qué no?— hacer un plato, pero no para contentar al doctor, era como para que algo de la vida se pusiera en camino, porque hacer de preparar un plato es algo extraordinario y sobre todo preparar un plato para ofrecer. Es una experiencia de don, de vida. Finalmente es una creación, participa de la creación, participa de la invención también.

Bueno, en fin, tuve un delirio, un momento de delirio fugaz, imaginando que algo de eso podría emerger en ese momento para esta señora. No lo creo, francamente, no lo creo.

Tenía muchas páginas más, pero es tarde, están cansados. Creo que podemos detenernos aquí. Creo haber transmitido una idea de lo que hablar quiere decir, que va mucho más allá del blablablá y que nos modela, nos habita, nos parasita, nos sostiene. Los que tenemos la suerte de ser neuróticos, tenemos un soporte muy sólido en el síntoma, lo cual nos permite hacer con el goce del síntoma después de un análisis algo que no sea del orden del sufrir, sino del orden de la satisfacción, lo cual implica hacer algo a nivel de una sublimación: usar ese goce como fuente de creación y de empuje de vida. Por eso digo que la neurosis es un regalo del cielo.

En la psicosis, por ejemplo, Lacan se ocupó muchísimo de Joyce; Freud se ocupó de Schreber. Lacan se ocupó de Joyce justamente porque Joyce con su arte se construyó un pedestal de arte haciendo algo que nunca se había hecho en la historia de la escritura, de destruir la lengua inglesa y con la ayuda de las sonoridades de otras lenguas crear un texto ilegible que ocuparía durante 300 años a legiones de universitarios para descifrarlo. Esa es una resolución maravillosa para alguien que estaba parasitado por el murmullo de las sonoridades de la lengua. Estaba acosado. Y ese fenómeno psicótico lo trabajó, lo retrabajó, lo elaboró, lo torció, lo retorció, lo acomodó y: un genio. O sea, que también hay posibilidades de creación, de elaboración, de invención en el dominio de lo que llamamos psicosis.

Y la mayoría de nosotros somos más o menos delirantes porque hablar es un delirio. La tesis de Lacan es que todo el mundo delira. ¿Por qué? Porque la palabra es una defensa fundamental ante lo real, ante lo imposible de la vida. Entonces nos creamos ficciones, inventamos cosas, vivimos historias formidables. Delirio en el sentido de lo que es un delirio propiamente dicho. El delirio propiamente dicho, como Freud lo demostró, es la elucubración de un sentido para darle sentido a algo que se impone como un fuera de sentido radical. En ese sentido, hay como una suerte en el uso de la palabra de un delirio generalizado.


*Solano E., «Aquello que hablar quiere decir». Conferencia realizada en el marco de las actividades del Seminario del Campo Freudiano. Antena Clínica de Valencia. Disponible incluido el coloquio en: (42) Aquello que hablar quiere decir. Esthela Solano – YouTube