Filebo de Platón en el Seminario 14: La parte anestésica del alma

Por Consuelo González, ACBi

Este diálogo se menciona en un par de ocasiones en el Seminario 14 de Lacan, La lógica del Fantasma. Gerardo Arenas, que dictó las clases finales de este Seminario en la Antena Clínica de Bilbao, recomendó su lectura como una de las referencias que Lacan maneja en el capítulo XXIII El sádico y el masoquista.

Lacan hace alguna mención más de este texto, del que destaca las preguntas que plantea y que aún siguen vigentes.

Filebo, o del Placer, es un diálogo platónico tardío que trata sobre el rol del placer y la inteligencia en la vida conducida por el bien. La pregunta que lo orienta es: ¿Qué es mejor, una vida de placer (hedoné) o una vida de prudencia (phrónesis)?

Ni placer ni prudencia pueden ser el bien, porque carecen de las tres características de este último: perfección, suficiencia y elegibilidad universal. La tesis de Sócrates es que la vida buena es mixta: placer y prudencia.

El placer y el dolor unas veces debe ser querido y otras no, sostiene Sócrates, no son bienes. El bien no es lo mismo que el placer.

Critica Sócrates la vida de gozo de los placeres, que es la opción de Filebo, quien cree que es la vida mejor, la vida de la diosa. Es una vida en la que parecería que no se necesita más: ninguna medida de prudencia, ni de intelecto ni razonamiento. Sócrates la discute con el llamado “argumento del molusco”: Parece que se tendría todo al contar con el gozo. Sócrates se pregunta si sería posible gozar constantemente a lo largo de la vida sin tener intelecto, recuerdo, ciencia, ni opinión verdadera. Habría que ignorar incluso que se está gozando o no, puesto que se está vacío de toda prudencia. Asimismo, al no tener memoria, no habría el recuerdo de que se gozó en otro tiempo, y tampoco quedaría recuerdo del gozo actual. Concluye que no se trataría de una vida humana, sino que sería similar “a la de esos animales que viven en conchas”.

Por tanto, la vida elegible, la vida buena es una mezcla de placer, intelecto y prudencia. Una vida en la que no se goza ni mucho ni poco. Sócrates señala que la vida de intelecto verdadero es de carácter divino. Los dioses en este sentido son inmunes a las afecciones de dolor y de placer. No cabe para ellos hablar de vida mixta, sino que es pura y anclada en el intelecto. Lacan en el capítulo XXII La cuestión del goce, señala que la diosa Afrodita, es goce. La diosa se define como puro goce, aunque separado del cuerpo, eso es lo que la distingue de una mortal.

Su estatus de diosa es el de ser de goce (…) una línea de dialogo nos anuncia que a los dioses el goce ni les va ni les viene (p. 318). Y lo señala como un punto débil de la filosofía, por desconocer el estatus del goce en el orden de los entes.

El ser humano participa de la vida mixta, al ser una cosa sensible, que participa de la interacción de lo limite y de lo ilimitado. La diosa Afrodita, al ver la desmesura y total perversión de los que no tienen en sí límite alguno (ni del placer ni del hartazgo), impuso la ley y el orden que tienen límite.

El placer y el dolor se dan en el género mixto. Sócrates plantea que el dolor aparece cuando se deshace la armonía (o se destruye), y el placer aparece cuando se ajusta de nuevo la armonía. El placer estaría unido a la satisfacción.

La referencia del Capítulo XXIII El sádico y el masoquista (p. 329), Lacan habla de objetos que se encuentran fuera del cuerpo con respecto del principio del placer, los objetos a, donde sobre todo el hombre reencontrará el goce perdido. A continuación, pasa a enumerar los distintos objetos a, y en relación con la mirada dice:

La mirada no puede ser captada como reflejo del cuerpo más de lo que cualquiera de los otros objetos en cuestión puede ser recapturado en el alma, o sea, en la estesia reguladora del principio de placer, indicando una suerte de anticipación en un pasaje de Filebo que se encuentra en la parte 32-34 de este diálogo, lo que Sócrates llama “la parte anestésica” en la relación del alma y el cuerpo. La mirada es uno de esos restos que sólo surgen cuando se concibe el límite fundado por el sujeto. En ese resto, objeto a, se refugia el goce que no es afectado por el principio de placer.Estesia es una voz griega que significa sensación. Aparece en el Filebo en el punto 32c cuando se mencionan los placeres del alma (psique). El alma tiene en cuenta, por un lado, la esperanza de placeres como agradable, y la anticipación de pesares como algo terrible y doloroso. De hecho, es otra especie de dolor y de placer que está al margen del cuerpo. Estos serían accidentes que ocurren por la expectación de la propia alma, pertenecen exclusivamente al alma, y han nacido del recuerdo.

Al explicar la sensación (esthesis), Sócrates comenta cómo hay accidentes que se experimentan en el cuerpo, y unos se agotan en el cuerpo antes de llegar al alma, dejándola insensible —Esta sería la parte “anestésica”, donde se aloja el goce—, pero otros penetran en ambos, —alma y cuerpo— y provocan una especie de sacudida propia y a la vez común a ambos. Los que no penetran en ambos escapan al alma. Sócrates señala que el alma olvida las afecciones que no penetran a través del cuerpo y del alma, pero matiza el término “olvido”. No lo considera una “pérdida de la memoria”, porque en el caso mencionado aún no se ha producido memoria.  Se trataría de una distinción ente anamnesis y mené. Propone un cambio de nombres: al “olvido del alma” es decir, el estado del alma no afectada por las conmociones del cuerpo, lo llamaría “ausencia de sensación». Y al hecho de que el alma y el cuerpo sean afectados conjuntamente y conjuntamente puestos en movimiento, lo llama “sensación”. Es decir, como señalan los comentaristas, el aspecto “mental” y corpóreo son complementarios en el fenómeno de la sensación o percepción (esthesis) y constituye un significativo adelanto de la tesis aristotélica de que el alma y, en general, los estados anímicos no son cuerpos, pero no se dan si no es a través del cuerpo.

Continúa considerando que la memoria tiene que ver con la «conservación de la sensación”, y por otra parte, la rememoración, a diferencia de la memoria, se refiere a que el alma —sin el cuerpo— recobra, en la medida en que le es posible, aquellas cosas que en algún momento experimentó junto con el cuerpo.

No se puede menos aquí que recordar las primeras formulaciones de Freud en el Proyecto… cuando distingue la excitación que afluye entre las “células de percepción” y “células de recuerdo”, y sus derivadas; o la “vivencia de satisfacción”, que se apuntala en el recuerdo.

Sócrates índica que ha argumentado todo esto para captar de la manera más evidente posible el placer del alma independientemente del cuerpo y, a la vez, el deseo. ¿Qué es el deseo? Si tomamos como inicio el hambre, la sed; por ejemplo, si decimos: «tiene sed», lo queremos decir es «está vacío», por consiguiente, cuando alguien se encuentra vacío, desea al parecer lo contrario de lo que está padeciendo, pues cuando uno se encuentra vacío desea estar repleto.

Y a continuación plantea una tesis que suena familiar a la tesis del reencuentro del objeto perdido en Freud. Si por primera vez se encuentra vacío, ¿a partir de dónde podría entrar en contacto, ya sea por sensación o por recuerdo, con la repleción, cosa que ni ahora está padeciendo ni nunca antes padeció?

Sócrates señala que lo que desea no es lo que está padeciendo -pues tiene sed y eso es un vacío-, sino que desea la repleción [de dicho vacío]. Pero es imposible para Sócrates que sea el cuerpo sino que es el alma la que está en contacto con la repleción, y lo está gracias a la memoria. Sócrates niega que haya deseo del cuerpo. El alma evoca por medio de la memoria.

Lacan J. El seminario, libro XIV, la lógica del fantasma. Paidos, Buenos Aires
Platón. Filebo. (Introducción, traducción y notas de Marcelo Boeri). Editorial Losada.


¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial (1926) Sigmund Freud

Por Vital Arce, ACBi

Presentada en el Seminario de textos de las clases XIII y XIV del Seminario 19 presentado el 30 de mayo de 2026.

En este texto, de hace ahora exactamente cien años, Freud se pregunta, y se responde, acerca de si los legos, que serían personas que no son médicos, están autorizadas a dispensar un tratamiento psicoanalítico. Esto surge de la apertura de un proceso judicial en Viena a Theodore Reik, un analista no médico.

Freud dice que hay dos tipos de condicionantes: uno temporal y otro espacial. En cuanto a lo temporal Freud ve un avance: de la inicial aversión hacia el psicoanálisis desde la medicina se ha pasado a una actitud de aceptación, pero a condición de que sea una actividad exclusivamente médica, algo relacionado con esta aversión inicial. En cuanto al condicionante espacial, las leyes y reglas de cada país en cuanto al ejercicio determinan el debate. En el caso de Austria, la ley es preventiva, por lo tanto no tiene en cuenta el posible resultado exitoso de un análisis ejercido por un lego, ya que la ley impedirá que esto se pueda comprobar.

Así, Freud se imagina un diálogo con un supuesto juez imparcial a través del cual, mediante preguntas, respuestas, argumentos y contra argumentos, encontrará las razones pertinentes para determinar la cuestión.

Son siete capítulos.

1. Psicopatología y la práctica del psicoanálisis

Freud comienza describiendo y poniendo muchos ejemplos de lo que es la psicopatología y los síntomas psíquicos, así como la afectación de los mismos en la vida de los pacientes. Los médicos los clasifican, les ponen nombre y examinan el organismo, no encontrando allí la causa de las perturbaciones y, por lo tanto, no pudiendo establecer un tratamiento efectivo. ¿Qué hace el psicoanalista?, conversar con el paciente, la palabra es el instrumento del psicoanálisis. Entonces, ¡es como un ensalmo!, dirá el juez imparcial. Un ensalmo se define como rezo, oración, o práctica de la medicina popular al que se le atribuyen poderes mágicos o espirituales para curar dolencias. ¡No!, responde Freud, por la razón de que en el ensalmo hay un efecto rápido, y el análisis necesita de un largo tiempo, meses o años. No despreciemos el poder de la palabra, indica Freud, ya que esta puede resultar indeciblemente benéfica o terriblemente lesiva. No es solo una conversación, ya que tiene unos principios, el primero que el paciente debe ser totalmente sincero con su analista y no mantener en reserva todo lo que se le pasa por la mente, la asociación libre. Ah, entonces es como una confesión religiosa, dice el juez imparcial. No solo eso, responde Freud. La confesión puede tener un papel como introducción pero no explica la esencia y la eficacia del análisis. El paciente no solo dice lo que sabe, como en la confesión, debe decir más de lo que sabe, o de lo que todavía no sabe, quizá podríamos decir. ¿Una sugestión entonces?. Esto existe y desempeña un papel en el análisis, pero no solo, y pone un ejemplo: si el paciente sufre de un sentimiento de culpa, como si hubiese cometido un crimen, aunque no lo haya cometido, no sirve de nada decirle que es inocente, eso ya lo ha intentado él sin éxito. Habría que dar un valor a este sentimiento y explicarle que quizá, con el trabajo analítico, podamos descubrir algún fundamento de porque esa culpa está ahí.

2.Una nueva psicología. El Yo y el Ello.

Entonces, Freud, se dispone ahora a presentar cual es la teoría o doctrina psicológica en la que el análisis se basa. Clasifica a la psicología existente hasta entonces como “fisiología de los sentidos” y dice que , hasta el momento, no ha podido abordarse el fundamento o doctrina de la vida anímica. Para ello, Freud introduce los sueños, no desde una visión “apsicológica”, como se había hecho hasta entonces, sino como algo que tiene un sentido, un significado para el paciente.

Entonces, ¿cual es la premisa fundamental de esta nueva psicología?, pregunta el juez. Pues esta es una estructura, el aparato anímico, constituido por unas instancias. Ah, un modelo entonces, algo que no encontraríamos en el investigador de la naturaleza, dice el juez imparcial. ¡Falso!, responde Freud. Es una representación auxiliar, una más como tantas otras hay en ciencias. Estas instancias son el Yo y el Ello, y el psicoanálisis se ocupa de la relación entre ambos. Son dos instancias con reglas diferentes, lo cual fundamenta su separación. Entonces, ¿cómo esto ha pasado inadvertido hasta ahora para la psicología?, pregunta el juez. Pues por la sencilla razón de que esta se ha ocupado de la vida anímica consciente, pero no de la inconsciente, algo que la hipnosis permitió observar, por ejemplo. Lo inconsciente serían actos de naturaleza anímica, a menudo muy complejos, de los que la consciencia no se entera para nada, de los que la persona no sabe nada.

Así, por un lado Yo y Ello, por otro consciente e inconsciente, pero no se superponen, no es tan sencillo. El Ello es por entero inconsciente, pero una parte del Yo también lo es. El juez entonces señala que no le va a convencer de esto. Freud responde que esto es exacto, que no puede entenderse esto desde el convencimiento, y por lo tanto es necesario que el psicoanalista se someta el mismo a un análisis, siendo entonces cuando entenderá y se convencerá de esta doctrina.

3.La psicología dinámica: Pulsiones, represión y síntoma.

Ante la pregunta de cómo puede producirse la génesis de una enfermedad nerviosa, Freud pasa al punto de vista dinámico: considerar las fuerzas en juego en el interior del aparato anímico. Para ello, introduce el concepto de pulsión, las pulsiones como las fuerzas que “pulsionan” el aparato anímico a la actividad, producidas por los órganos corporales como expresión de sus necesidades. Estas pulsiones son las que llenan al Ello, es su energía, la cual a su vez determina a las fuerzas del Yo. Estas pulsiones exigen su satisfacción, el principio de placer. Por otro lado, en numerosas ocasiones la satisfacción de estas pulsiones del Ello es inconciliable con la realidad, así que el Yo debe mediar, intervenir, por un lado,, domeñando estas pulsiones del Ello, y por otro lado modificar la realidad para poder satisfacerlas. Entonces, para encontrar un equilibrio aparece la represión, un esfuerzo de desalojo inadecuado de estas pulsiones, como si fuesen un peligro externo. La pulsión encuentra un alivio o solución momentánea, pero esta pulsión reprimida, su energía, queda libre y va a seguir exigiendo satisfacción, habiendo entonces que pagar un precio, irrumpiendo en el Yo de forma desfigurada, una formación sustitutiva, que es lo que constituye el síntoma y la neurosis.

Todas las represiones decisivas ocurren durante la infancia, cuando el Yo todavía no está suficientemente desarrollado para esa tarea. Así, la meta terapéutica pesquisar estas represiones acontecidas a través de los sueños, síntomas y lo que el paciente dice en la sesión. Todo ello deriva de estas represiones iniciales. En este punto, creo, es donde el paciente dice más de lo que sabe.

4.La sexualidad y la infancia

El juez imparcial dice que en los análisis se tratan aspectos íntimos de la vida sexual de los pacientes. “Así es, y así debe serlo”, responde Freud, ya que entre las causas de contracción de una neurosis se encuentran estos, a menudo de una forma fundamental y específica. Este factor se ha convertido en el motivo de hostilidad principal hacia el psicoanálisis, “¡cuán neurótica es toda nuestra vida cultural!”, exclama Freud. La vida sexual no es solo maliciosa picardía, sino un problema científico, y el descubrimiento de la sexualidad infantil es algo observable y que acompaña desde el nacimiento. Una sexualidad sobrevenida en dos tiempos: el primero durante los primeros cinco años de vida, donde se desarrolla íntegramente, después un periodo de latencia donde esta “pierde importancia”, configurándose ciertas actitudes del Yo como el asco, la vergüenza, la moralidad, llegando hasta la pubertad donde la sexualidad vuelve a aparecer con fuerza. Destaca aquí los conceptos de angustia de castración, la angustia de que el padre pueda despojar al niño de su miembro. El complejo de Edipo, donde el niño dirige sus primeros deseos sexuales al progenitor del sexo opuesto, o a sus hermanos o hermanas. También sitúa la diferencia sexual, donde todo el acento recae sobre el miembro masculino: o presencia o ausencia, lo que determina que para Freud la vida sexual de la mujer adulta sea un “continente negro”, desconocido.

Así pues, la sexualidad infantil es incestuosa. ¿Y cómo sabe todo esto?, pregunta el juez imparcial. Freud responde que se han emprendido ya análisis de niños con síntomas psíquicos, con buen resultado. La neurosis infantil no es la excepción, es la regla. En el niño, y en la niña, se ha observado autosatisfacción a través de los genitales propios , de su parte masculina, dice Freud. Y además, mediante el análisis se ha se han descubierto impresiones capaces de influir en forma permanente sobre la vida sexual del niño: observación de actos sexuales entre adultos, experiencias propias con adultos y otros niños, escucha de conversaciones etc.

5.Interpretación, resistencia, Súper Yo, repetición y transferencia.

El juez imparcial pregunta a Freud como se procesa ese material, esa materia prima que el paciente proporciona. Freud responde que en las comunicaciones del enfermo son desfiguraciones de lo buscado, por lo tanto hay que interpretar ese material. ¡Peliaguda palabra!, exclama el juez. Freud argumenta que con conocimientos, autodisciplina y análisis el factor personal puede eliminarse en buena medida. Esto es difícil porque la interpretación debe hacerse en el momento justo, cuando el paciente está preparado, sino, puede aparecer, y en algún lado aparecerá la resistencia, el hecho de que el paciente no quiere curarse. ¡Es lo más disparatado que me ha referido hasta ahora!, dice el juez imparcial. ¡Sosiéguese!, dice Freud, es así, pero no del todo, quiere curarse pero también no quiere curarse, su Yo ha perdido su unidad, así son los neuróticos. Esto le sirve a Freud para mostrar el beneficio de la enfermedad, por ejemplo en los neuróticos de guerra, que se libran de participar en ella. Entonces ahora, Freud introduce la tercera instancia del aparato anímico, el Súper Yo, que está dentro del Yo pero mantiene un íntimo vínculo con el Ello. El Súper Yo puede contraponerse al Yo, tratarlo con dureza, y es el heredero del complejo de Edipo. Es parte importante del sentimiento de culpa del neurótico, y para satisfacerse precisará de la enfermedad, como si fuese un castigo. La resistencia exige un enorme trabajo, mayor que la interpretación, por eso el análisis requiere un trabajo tan largo.

Además de la resistencia, va a surgir otro escollo, el afecto de amor del paciente hacia el analista, un enamoramiento con carácter compulsivo, según Freud. ¿Esto no es una ventaja?, pregunta el juez. No, dice Freud, porque entonces se vuelve exigente, pide satisfacciones tiernas y sensuales o reclama exclusividad y desarrolla celos. ¿Qué hacemos entonces?, pues aprovecharnos de ello y poder ver que, en la base de la neurosis, hay algo de este estilo. Así, el paciente repite con el analista vivencias anímicas por las que ya pasó una vez, y se las transfiere al analista. Repetición y transferencia entonces, en vez de recordarse se actúa en el presente.

6. Psicoanálisis y medicina.

Ahora, el juez argumenta que el psicoanálisis no es más que otra especialidad de la medicina, como el cirujano o el odontólogo. Freud argumenta que los médicos no tienen derecho a la exclusividad del análisis, ya que siempre lo han denostado. Define lo que es un curandero,, alguien que ejerce sin la formación necesaria. Pues bien, paradójicamente son los médicos los que entregan al análisis el mayor número de curanderos, intentando ejercer tratamientos analíticos sin la formación suficiente.

Además, la formación médica no es muy útil para el análisis, siendo más importante aprender otras disciplinas como psicología, historia de las religiones, literatura etc. Así, para Freud lo fundamental es que un analista recibe la formación adecuada para ello, y que ese analista sea médico o no es algo accesorio.

7. El diagnóstico, lo psíquico y lo orgánico.

En este último capítulo , Freud aborda el tema del diagnóstico. Hay muchas condiciones orgánicas que pueden confundirse con una neurosis psicógena, y sin embargo tratarse de otra cosa, es decir, que producen síntomas muy similares. Entonces, el juez imparcial argumenta que eso es algo a favor de la exclusividad de los médicos. ¡Por fin habla como un médico!, le dice. Freud dirá que no , que es necesario que un médico examine el cuadro para descartar lo orgánico y que luego sea el analista el que se encargue del tratamiento psíquico, al estilo de lo“multidisciplinar” que tanto se habla hoy, . Añade que no es adecuado que sea la misma persona la que se encargue de las dos cosas, la formación necesaria para eso sería prácticamente inabarcable, y además produciría cierta confusión en los pacientes. Lo que hace Freud con esto no es rebajar la importancia del papel de la medicina, sino dotar al psicoanálisis del estatuto y rigor que merece.

Para concluir, éste me parece un escrito brillante y, a pesar de su antigüedad, de bastante actualidad para reflexionar sobre algo tan en la boga hoy en día, qué es la salud mental, un significante de época.