“El estadio del espejo en la enseñanza de Jacques Lacan. De 1932 a 1964”

Defensa de la Memoria para la obtención del DEA, bajo la dirección de Domenico Cosenza. Barcelona, 28 de junio de 2023.

Silvia Grases

Buenas tardes a los miembros del tribunal, a mi director de tesis y a todos los estimados colegas y amigos que habéis querido acompañarme hoy en este acto de defensa de mi memoria de investigación: “El estadio del espejo en la enseñanza de Jacques Lacan. De 1932 a 1964”, para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados del Instituto del Campo Freudiano.

Deseo iniciar este acto con una cita, con la que también abro la memoria de investigación. Se trata de una cita de Jacques Lacan en el Seminario 2.

“¿por qué vieron los humanos a la Osa Mayor como tal? ¿Por qué las Pléyades son tan evidentes?
¿Por qué se vio a Orión del modo en que se lo vio?
Sería incapaz de decirlo. No creo que esos puntos luminosos alguna vez hayan sido agrupados de otro modo, se lo pregunto. Este hecho no dejó de jugar su papel en las auroras de la humanidad,
que por otra parte distinguimos mal.
Esos signos se perpetuaron en forma tenaz hasta la actualidad, lo que constituye un ejemplo singularísimo de la forma en que lo simbólico atrapa.
Las célebres propiedades de la forma no parecen en absoluto convincentes
para explicar el modo en que hemos agrupado las constelaciones”

Jacques Lacan (1)

Mi trabajo de investigación ha partido de una pregunta sencilla y, a la vez, compleja:  ¿cómo nos vemos? ¿por qué vemos de una manera? O bien: ¿qué vemos cuando (nos) miramos? Se trata, entonces, de una interrogación sobre el estatuto de la imagen y de la mirada en psicoanálisis, cómo surgen y se constituyen, sobre su proceso y sus dificultades intrínsecas.

Para llegar a formular esta pregunta como eje de la presente investigación, ha sido necesario despejarla en mi propio recorrido. Cuando aún cursaba la carrera de psicología, me suscitó un interrogante una exposición del profesor de psicopatología que afirmaba que la alteración en la percepción de la imagen del cuerpo en la anorexia era índice de pérdida de realidad. Poco antes, el docente se había referido a la pérdida de realidad como sinónimo de locura, por lo que de esta nueva afirmación se podría deducir que anorexia y locura iban de la mano. Sin embargo, ya por entonces, intuía que no todas las anoréxicas estaban en la misma relación con esta “pérdida de realidad”, por lo que la formación y el estatuto de la percepción de la imagen corporal se constituía como una pregunta.

Más adelante, en mi trabajo hospitalario con pacientes afectados de hemofilia, también recogía una pregunta que se repetía con cierta frecuencia, y que se localizaba a partir de la queja de algunos pacientes de “no ser mirados” por el médico, cuando este no había pasado a visitarlos, o bien, cuando no habían sentido recibir la suficiente atención ¿Por qué esta pregnancia de la mirada, en la queja misma? Puedo afirmar ahora que, justamente esta cuestión, palpitaba en el fondo de una primera tentativa para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados (DEA) impulsada años atrás, bajo la dirección de Vicente Palomera. Por entonces, yo no llevé esa investigación mucho más adelante, y esa experiencia quedó como fallida. Sin embargo, hoy me doy cuenta de que, en realidad, dio lugar a un primer punto de capitón, la producción de un texto sobre la mirada en el discurso médico. Anticipé por entonces una respuesta en el sentido de que la mirada está dirigida por el discurso, por lo simbólico.

Hoy puedo leer que esa primera experiencia y el trabajo de investigación que ahora presento, forman parte de un mismo recorrido. Y es también hoy que puedo entender la distancia que hay entre la elaboración de un trabajo que apunta al conocimiento y un auténtico recorrido de investigación en psicoanálisis. En este, es la propia pregunta la que impulsa y funciona como brújula en el curso del trabajo, pero de una forma en la que el no querer saber no puede eludirse.

Recuerdo, una vez más, las palabras de Hebe Tizio sobre que uno no escoge el tema, sino que el tema lo escoge a uno. Sin embargo, el encuentro no está garantizado. En mi caso, me fue preciso ponerme al trabajo, consentir a la incertidumbre. Esa ha sido mi experiencia, asumir prestarme a la incertidumbre de un recorrido para ir despejando la pregunta que ha orientado mi investigación, y eso se ha producido en el curso mismo del trabajo.

Ha habido que atravesar lo que hacía obstáculo, el afán de comprender, para reconciliarse con una enseñanza que se fundamenta en las tensiones entre conceptos, en virajes abruptos, en la coexistencia de diferentes estratos, y donde se trata, más bien, de situar las coordenadas en juego, siempre sujetas para Lacan a reformulaciones producto de nuevas consideraciones clínicas.

Algunos puntos en relación al trabajo de investigación

Voy a pasar ahora a explicar el esquema del trabajo y dar cuenta de algunos aspectos fundamentales de la investigación realizada.

Para tratar de responder a la pregunta de partida “¿cómo nos vemos?” ha sido preciso recorrer y desplegar la enseñanza de Jacques Lacan sobre el Estadio del espejo, tras revisitar previamente las fuentes freudianas.

El trabajo realizado se ha basado en una lectura de los textos fundamentales de Lacan en relación al Estadio del espejo en el periodo que va de 1932 a 1964.

Para mí ha sido importante poner en conexión y detallar el contexto del trabajo sobre cada texto, y eso implica insertarlos en un recorrido de enseñanza trazado, con sus interrogantes, saltos y virajes, por Lacan mismo. El periodo sobre el que he trabajado viene acotado por los que considero antecedentes del Estadio del espejo, a partir de la tesis doctoral de Lacan de 1932, y por la emergencia del objeto mirada que Lacan desarrolla en su Seminario 11, en 1964.

En el curso de la investigación, he priorizado el respeto por la cronología de la construcción de los términos esenciales en la enseñanza lacaniana, de forma que se explique cada capítulo en el contexto de la relación entre los conceptos y el uso que de ellos hacía Lacan en ese momento preciso.

El desarrollo del trabajo, esencialmente teórico, ha sido enfocado a partir de la conversación entre seminarios y escritos de Lacan, así como ha contado con la orientación fundamental de los cursos de Miller, que me han aportado esclarecimiento y las balizas precisas en las que ir sosteniendo un recorrido de lectura e investigación.

El trabajo de investigación

En primer lugar he examinado las fuentes freudianas que me han permitido una aproximación a algunas ideas de Freud esclarecedoras en relación al tema de investigación, que son también el punto de partida de Lacan, especialmente en lo que atañe al narcisismo.

Freud localiza tempranamente en las perturbaciones histéricas una conexión entre el síntoma y la vivencia traumática. Destaca el valor del componente sexual en los pensamientos sofocados, la fuerza pulsional que tiene un carácter fundamental en los síntomas y que brinda la clave del conflicto psíquico. En efecto, Freud se da cuenta de que la libido tiene un valor esencial en el desarrollo humano, que el ser humano trata a su cuerpo como un objeto sexual del que extrae satisfacción. Denomina narcisismo a ese interés particular. A partir de ahí, desarrolla los conceptos de Ideal del yo, que sería el ideal constituido por el yo y al que este aspira y con el que se mide, y de yo ideal, que concentra el amor de sí mismo infantil.

Lacan encuentra en Freud y destaca esta fascinación del sujeto por su propia imagen, de la que afirma que resume la teoría del narcisismo. Vemos como la tiene presente ya desde su tesis doctoral, que he tomado como punto de partida de las referencias lacanianas en mi memoria.

Esta investigación de las referencias lacanianas constituye el núcleo duro de la memoria, y se ha distribuido en cuatro partes.

La primera, aborda los que considero “antecedentes” del Estadio del espejo: la tesis doctoral de Lacan sobre el caso Aimée, y su artículo “Motivos del crimen paranoico”. Destaco que, entre otras cuestiones, de estos textos pude extraer, en primer lugar, la idea de que el sujeto golpea en el otro, a su propia imagen. Y también el concepto de complejo fraterno que acuña Lacan, y al que remite la causa de la paranoia.

Ambas ideas anticipan lo que desarrollará posteriormente en su Estadio del espejo.

La segunda parte se centra en el análisis de las dos comunicaciones de Lacan sobre el Estadio del espejo, que se producen en 1936 y en 1949, respectivamente. Conviene aclarar que no se dispone del texto de la primera comunicación, presentada en el Congreso Internacional de Psicoanálisis de Marienbad, bajo el título “El Estadio del espejo. Teoría de un momento estructurante y genético de la constitución de la realidad, concebido en relación con la experiencia y la doctrina psicoanalítica”. Lacan consideró esta comunicación como “primer pivote de nuestra intervención en la teoría psicoanalítica”, comunicación que da inicio al tiempo conocido, en el conjunto de la enseñanza lacaniana, como de los poderes de lo imaginario. He podido ensayar una aproximación a esta comunicación a través de su texto “Los complejos familiares en la formación del individuo”, al que el propio Lacan remite para hallar “lo esencial” de esa primera comunicación.

En este escrito, destaca el uso que Lacan hace del concepto de complejo para explicar ahora el narcisismo en el hombre, más allá de la paranoia, como elemento que juega un papel fundamental en la constitución del psiquismo. El complejo es tomado aquí como un precedente de la estructura, y vamos a ver cómo el complejo fraterno, que había aislado en la paranoia se inserta ahora en una serie de complejos, a partir de los cuales, el hombre construye su realidad. Dichos complejos son escandidos en una secuencia: destete, intrusión, Edipo. Lacan retoma en este momento el complejo fraterno, bajo el nombre de intrusión. Se refiere a la vivencia del niño frente a un semejante, como sucede con la llegada de un hermano. Los celos infantiles son protagonistas y dan cuenta, no de una rivalidad vital, sino de una identificación mental (2).

Lacan destaca que en el fenómeno de percepción de su imagen, se da en el hombre una identificación a la imago del doble, que opera, al mismo tiempo, una “intrusión narcisista”, origen de la formación del yo y de su estatuto alienado.

La segunda comunicación de Lacan sobre el Estadio del espejo tiene lugar trece años más tarde, en 1949, en el Congreso de Zurich. Lleva por título “El Estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica” y está publicada en los Escritos.

En estos años transcurridos entre ambas comunicaciones, Lacan ha seguido trabajando sobre la función del yo y puede puntualizar ahora que el yo ni es sintético ni está exento de contradicción. Es más bien el lugar mismo del desconocimiento.

El estadio del espejo tiene así, además de su estatuto de encrucijada estructural, y de su valor clínico y teórico, un valor de instrumento político. Va a proveer un fundamento para los argumentos en los que Lacan va a cimentar, solo un poco más adelante, sus críticas a las desviaciones de los psicoanalistas postfreudianos y su movimiento de retorno a Freud. En efecto, Lacan va a hacer uso, de aquí en adelante, de este instrumento para mostrar el lugar donde se ha de situar la acción analítica, y consecuentemente, la ubicación conveniente del analista.

Rastrear la riqueza de referencias de Lacan permitió captar el alcance del texto. Por ejemplo, los estudios de etología a los que se refiere en su comunicación, que permitieron entender mejor la afirmación de la vivencia de cuerpo fragmentado que puede alcanzar en el estadio del espejo la unicidad de una forma. Se trata de un acto de reconocimiento de su imagen en el espejo por parte del infans, producto de una revelación súbita, que surge como consecuencia de la reorganización de elementos separados en el espacio perceptivo.

El cuerpo fragmentado se percibe en el estadio del espejo bajo la unicidad de una forma, una Gestalt, que produce la satisfacción del infans ante su imagen. Pero esta se da cuando el niño está aún sumido en la impotencia motriz. Esta situación de discordancia imprime una nota distintiva a este júbilo, que Lacan denomina “libido “negativa””.

El estadio del espejo implica el despertar del deseo del sujeto como deseo por el objeto del deseo del otro. Es lo que ilustra la referencia de Lacan a San Agustin, cuando este observa a un pequeño palidecer presa de los celos al mirar a su hermano de leche. Aquí se localiza la clave de lectura de la relación paranoica del hombre con su objeto, en una primera aproximación al deseo del hombre como deseo del otro.

La tercera parte abarca el periodo de 1953 a 1960. En 1953 se inaugura la enseñanza propiamente dicha de Lacan, con el inicio de su Seminario y su escrito “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. En su primer Seminario, Lacan se basa en la experiencia del ramillete invertido del físico Henri Bouasse para abordar su modelo óptico, afirmando de este que es el sucedáneo de su Estadio del espejo. Asistimos aquí al esfuerzo de Lacan por conceptualizar y separar los registros imaginario y simbólico, dando preeminencia a este último. El modelo óptico se pone al servicio de mostrar estos distintos planos en el espacio: imaginario, simbólico y real (realidad), así como destaca la importancia fundamental de la incidencia de lo simbólico, del Otro, en la constitución de la imagen. En esta parte, seguimos a Lacan en el desarrollo de los esquemas L y R, que evolucionarán posteriormente hacia el grafo del deseo. Concluimos esta parte con el trabajo sobre el modelo óptico tal como es retomado por Lacan en “Observación sobre el informe de Daniel Lagache” en 1960. Lacan ubica aquí al Otro de forma muy precisa en su modelo óptico, marcando con una A el lugar del espejo plano. En efecto, es ahora cuando introduce la condición del reconocimiento del Otro como necesaria para que el infans pueda asumir la identificación con su imagen en el espejo, dando cuenta así de la incidencia decisiva del orden simbólico en esta operación.

La cuarta parte de la investigación analiza el Estadio del espejo y el modelo óptico a la luz de los Seminarios 8, 10 y 11. Situemos que, fruto de la experiencia clínica, en la enseñanza de Lacan se produce un desplazamiento del acento de lo simbólico hacia lo real, registro que va a tomar un lugar central en el Seminario 11.

En este contexto, en esta parte de la investigación cobra relevancia el trabajo sobre el objeto. Por ello, partimos de nuevo de la “Observación sobre el informe de Daniel Lagache”, ya que en este escrito y a partir del reexamen que realiza del esquema óptico, Lacan sitúa una distinción muy precisa entre objeto narcisista y objeto a.

En el modelo óptico, las flores corresponden al objeto pulsional, son pedazos del cuerpo fragmentado. Si la identificación conduce al cuerpo imagen, lo pulsional produce el cuerpo libidinal.

El trabajo en esta parte avanza en la consideración de esta segunda vía que apunta a la dimensión pulsional del goce, no reductible a la imagen ni al significante.

Lacan localiza y subraya la función principal de la mirada que el niño busca en el Otro. El niño entrevé jubiloso una imagen, pero vacila su identificación con ella. Es en ese intervalo donde la mirada del Otro, buscada por el niño, cumple su función esencial.

Sin embargo, el esquema óptico destaca que, si bien el investimiento de la imagen especular es fundamental, no todo este investimiento pasa por la imagen, sino que hay un resto.

La vía de la angustia conduce a Lacan a captar aquello que no es significantizable. Se trata de objetos que cobran su valor a partir de su pérdida. Este carácter separable del objeto permite a Lacan añadir otros dos objetos, la mirada y la voz, que perfectamente muestran como pueden aparecer separadas del cuerpo, es decir, como objeto a.

Asistimos a cambios que se corresponden con el curso del trabajo de Lacan. Se interesa por la topología, y la figura del ocho interior, que da mejor cuenta de la estructura del sujeto y la relación con su objeto, una relación de exclusión interna.

La topología permite afinar la distinción entre objetos especularizables y objetos no especularizables, acuñada por Lacan, que proviene de la distinción topológica entre superficies orientables y no orientables. Un objeto no orientable o no especularizable produce una imagen sin la inversión especular. Es decir, aparece idéntica a sí misma, y eso produce extrañeza. De ahí que la irrupción del objeto a en el campo visual produzca angustia.

En el curso del trabajo realizado sobre estos seminarios damos cuenta de cómo emerge en Lacan una nueva concepción de lo especular, que culmina en el Seminario 11 con la presentación de la “esquizia entre el ojo y la mirada”. Esta es presentada por el propio Lacan como “una corrección” sobre su Estadio del espejo. Se refiere con ello a lo que entonces quedó elidido en el campo de la imagen, debido al efecto del completamiento narcisista: la mirada, en tanto diferente de la visión. La mirada pone en juego un campo que no coincide con el visual, el campo escópico.

Para concluir

Respecto a la pregunta de partida y al tema escogido, que han orientado el trabajo de investigación, en este recorrido se produjo un plus: un encuentro inédito con los textos de Lacan, con sus escritos y seminarios. Surgió como una ocasión de adentrarse de otra manera en la enseñanza lacaniana y hacerla propia. Abrazar esta contingencia incidió necesariamente en el ritmo de trabajo, que se puso al servicio de esta nueva condición. Esto permitió poner en juego los tiempos lógicos, instante de ver, tiempo para comprender, momento de concluir, como una apuesta a la que entregarse en cada una de las partes en las que se organizó el trabajo.

Quiero transmitir, que, por una parte, he podido acceder con detalle al funcionamiento del Estadio del espejo, del esquema óptico, y de la esquizia entre el ojo y la mirada, que signan tres momentos fundamentales en el trabajo de Lacan al situar los diferentes elementos que intervienen en la consecución de la imagen del yo, así como de las dificultades que pueden darse y que inciden en la percepción de la misma. Entonces, básicamente, podemos afirmar ahora que la obtención de la propia imagen depende del pasaje por la encrucijada estructural que representa el Estadio del espejo. Este implica la posibilidad de una identificación a una imagen del cuerpo, que anticipa su unidad, al mismo tiempo que aliena al sujeto a esa imagen que es otra respecto a él, y con la que se siente en un desfasaje primordial, que da cuenta de la relación estructural con la castración. Por ello, ante su imagen el sujeto experimenta júbilo, pero también una vacilación y un cierto efecto depresivo. Gracias al uso del modelo óptico, Lacan esclarecerá que, para obtener su imagen, es fundamental el buen posicionamiento del sujeto en relación a la dimensión simbólica. Esto implica la separación de los registros imaginario y simbólico, y su articulación a través de la incidencia del Otro, que es imprescindible para poder estabilizar la imagen. Las variaciones que se den en este posicionamiento van a explicar los efectos de surgimiento o no de la imagen, o bien, los fenómenos de despersonalización. Además, las perturbaciones que pueden aparecer en relación a la imagen, pueden ser puestas en relación con las incidencias del objeto a. Este objeto no es especularizable y, por tanto, no es apto para la yoicización, de forma que cuando emerge en el espacio especular es experimentado con extrañeza y puede producir angustia.

Finalmente, hay que subrayar que la relación del sujeto con su imagen da cuenta de su relación con la castración, lo que constituye una orientación clínica fundamental.

Si aplicamos estos hallazgos a las cuestiones clínicas que se anudan con la pregunta que ha impulsado esta investigación, podemos hacer las siguientes suposiciones. Respecto de la anorexia, una alteración consistente de la imagen corporal es fuertemente sugestiva de una anorexia verdadera, mientras que fenómenos no consistentes de alteraciones de la percepción, a menudo surgidos en los tiempos de pubertad y adolescencia, son reconducibles a una clínica de la histeria y de la neurosis en general. Respecto del reclamo de la mirada del médico por parte del paciente, hacemos la hipótesis de que cuando un paciente consulta al médico a raíz de una enfermedad o malestar en el cuerpo que ha incidido alterando su funcionamiento armónico, la unidad imaginaria del cuerpo se ve alterada. El cuerpo se percibe entonces por piezas que no funcionan bien. La enfermedad hace emerger la vivencia del cuerpo fragmentado, ante lo cual el paciente reclama la mirada del médico, tanto para sancionarlo como enfermo, como para restituir la unidad imaginaria del cuerpo.

La investigación realizada cristaliza en esta memoria, pero queda abierta a ser retomada en el futuro para seguir la interrogación sobre el destino de lo imaginario, el yo y lo especular en la última enseñanza de Lacan.

Agradecimientos

Por último, deseo expresar mi agradecimiento a las personas que me han ayudado a llegar hasta aquí. A mi director de tesis, Domenico Cosenza, por su lectura y puntuaciones, en especial en lo que se refería a fijar un punto de partida en el trabajo de investigación, así como a acotar el desarrollo de la misma, una de las tareas que más difícil me ha resultado, debido a la amplitud del tema. Mi agradecimiento también para mi primer director, Vicente Palomera, quien estuvo a disposición en innumerables ocasiones y supo transmitirme, en su momento, una orientación para proseguir. A Eduard Gadea, que se prestó a una lectura y una conversación sobre el borrador final de la investigación, así como me facilitó algunas referencias del campo de la filosofía. A mis colegas y amigos en el Campo Freudiano, por los lazos de amistad y reconocimiento, por transmitir su propia falta al leer y enseñar a Lacan, por todo lo que uno debe al campo del Otro, y a esos otros singulares. A Jordi, a Sonia, a Fabio y a Luca. A la memoria de los que no están, pero que dejaron su marca en el sujeto. Uno no puede hacer este recorrido en soledad. Al mismo tiempo, uno debe hacer este recorrido en soledad. Porque hay un momento, que es a uno mismo a quien le corresponde, en el que afrontar el encuentro con la página en blanco, con la dificultad o lo imposible de la lectura, con lo que uno extrae y arriesga construir, con la propia falta, en suma, con “mi no quiero saber nada de eso”, para no ceder a él y consentir a no entender sin taponar, y acceder así a un trabajo de lectura propio.

Gracias.


  1. J. Lacan (1954-55), El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, El Seminario, Libro 2, Paidós, BBAA 2012, p. 358

  2. J. Lacan (1938), Los complejos familiares en la formación del individuo”, op. cit., p. 47.